domingo, 3 de junio de 2018
sábado, 2 de junio de 2018
viernes, 1 de junio de 2018
jueves, 31 de mayo de 2018
miércoles, 30 de mayo de 2018
martes, 29 de mayo de 2018
domingo, 13 de mayo de 2018
lunes, 26 de marzo de 2018
martes, 13 de febrero de 2018
viernes, 2 de febrero de 2018
Arrebatado, parte 25
César se quedó dormido profundamente, recordando ese evento de su infancia. La noche ha sorprendido al autobús en su largo viaje y, varias ventanas abiertas dejan entrar un muy incómodo frío, mismo que despierta a César.
Confundido, abre los ojos justo cuando una gran señal verde fluorescente indica la desviación al rancho Nanmadol. Él ha tomado gran cantidad de viajes en autobús y sabe lo incómodo de tener que llegar hasta la estación central, siendo que su destino real está justo a la orilla del camino.
Esto lo mueve a saltar de su asiento y caminar de prisa hasta el chofer.
“Oiga amigo.”
“Sí, ¿qué quiere?”
“Mire, voy al rancho Nanmadol y, la desviación la acabamos justamente de pasar.”
“La línea me prohibe bajar pasajeros en la ruta.”
“No sea malo, no traigo más que mi mochila de mano y, ahí le doy para que cene rico, además, con lo lento que vamos, ni va a tener que detener el autobús.”
“Mmm, bueno pero, dese prisa.”
César regresa de prisa a su lugar, baja su mochila del maletero y regresa al frente del camión, piensa una cifra misma que es la propina que le transfiere al chofer. César, cuando vivía en México, se acostumbró a bajar de los microbuses, estos jamás se detienen y uno tiene que saltar como paracaidista; a varios les falla el salto y se estrellan contra los anuncios en las paradas o, gente de edad, se caen lastimándose seriamente.
César salta del camión en marcha y, rodeado por la oscuridad, emprende a pie el camino hasta el rancho Nanmadol. Solo espera que no se vaya a encontrar con un vehículo que lo atropelle.
***
Magno Jagger está sentado en la sala de llegada de los pasajeros, en la ruta que tomó César, una cara de confianza y satisfaccón se dibuja en su rostro. Se imagina como va a despacharlo y piensa si, lo despacha de inmediato o, antes se divierte con él.
Pero al darse cuenta que todos los pasajeros han descendido, menos su presa, se enfurece.
“¿Dónde está ese imbécil? ¡Ah! ¡Me lleva la chingada!”
Magno Jagger patea una maceta, la pequeña palma en ella solo sacude levemente sus hojas a consecuencia del golpe. Si a Magno Jagger le dolió el pie por la patada, no lo manifiesta, ni tampoco se aleja cojeando.
***
César en su solitaria caminata ya se ha tropezado un par de veces, así está de oscuro. Unas luces detrás suyo lo hacen voltear. Se trata de un vehículo que se le acerca lentamente y luego se empareja a él. La ventanilla del pasajero se abre, no hay nadie en ese asiento, es el conductor que se estira y se dirige a él.
“Hola amigo, buenas noches. ¿Se dirige al rancho Nanmadol?”
“Sí, voy en búsqueda del laberinto de rocas.”
“Yo trabajo ahí amigo, sabe, es propiedad privada y está cerrado al público, no puede entrar.”
“Mmm, vengo de muy lejos con el propósito expreso de visitar el laberinto.”
“Seŕa mejor que regrese, simplemente no se le va a permitir la entrada. Y menos a esta hora.”
César se siente frustrado por el obstáculo que este hombre le pone en su meta por alcanzar el laberinto de rocas.
“¿Puedo siquiera pasar la noche en el rancho? Como puede ver ya es muy tarde...” “Amigo, hace años que el rancho dejó de estar abierto a turistas. La gente es muy idiota y hubo muchos muertos que no obedecían las indicaciones de seguridad básica, muchos cayeron de las rocas, otros simplemente se perdían.”
“¡OK! ¡OK! Está bien, entiendo. Procederé a regresa por donde vine.”
Y César da la media vuelta y emprende la marcha de regreso. El hombre en su vehículo no arranca hasta no cercionarse de que César se está yendo de regreso a la carretera.
***
Magno Jagger se halla en el parque público de Longwok, en su implante óptico consulta qué existe en el lugar, ¿por qué vendría aquí su presa César y para qué? ¿Acaso simplemente vino aquí a perderse a iniciar de nuevo? ¿Simplemente abandonó a su fiel y servil amiga?
Ahora se comunica a la agencia central:
“Lancen una alerta para la localización del fugitivo, en el distrito de Longwok, en el continente Norte. Rastreenlo en los circuitos cerrados.”
Luego de cerrar la comunicación, se da una palmada en la frente.
“¿Cómo no lo pensé antes? Voy a interrogar al chofer del autobús.”
Y se dirige trotando de regreso a la central camionera.
***
Luego de caminar de vuelta por el camino y, tras asegurarse que ya no era observado por el trabajador del rancho Nanmadol, César saltó a los matorrales y, agachado, procedió a avanzar de manera sigilosa a las inmediaciones del rancho. Al alcanzar un claro decide quedarse aquí a pasar la noche. Se sienta recargado contra un gran árbol y se abraza para protegerse del frío. Ya no falta mucho para el amanecer.
Y sin darse cuenta, se queda profundamente dormido.
***
Magno Jagger se valió de sus credenciales, como agente de la administración espacial, para aterrorizar al gerente de la línea de transporte, en la estación de Longwok, y con su pura presencia física en la sala, hizo que éste mandara a traer al chofer y que le pusiera una gran reprimenda por haber dejado bajar a un pasajero en pleno trayecto.
Pero al fin Magno Jagger averiguó la ubicación de César.
“Nanmadol, el rancho Nanmadol, pero ¿qué o cuál puede ser el interés del criminal éste hacia este rancho en medio de la nada?”
Magno Jagger de inmediato realiza una consulta a la red para encontrar todo lo referente a esta finca, ¿punto de reunión de los rebeldes? Su consulta a Inteligencia Galáctica no lo identifica al rancho como punto de reunión de insurgentes. Luego hace una simple búsqueda y encuentra que era un viejo atractivo turístico hace muchos años.
Tras no encontrar nada significativo sobre el rancho, él programa la ruta para llegar hasta el lugar y parte hacia el mismo.
***
Muy temprano, apenas amanece, César se despierta, hay una espesa niebla y el frío cala hasta los huesos. César se queda, en parte asustado, piensa que está haciendo tanto frío que él pudo muy bien haber muerto congelado. ¿Desayunar? Salvo los dulces y panecillos que compró en el restaurante de camioneros, cuando emprendió este viaje, no tiene nada sustantivo para comer.
Come esto y luego de aliviarse y asearse con una botella de agua que llevaba para este propósito, inicia el caminio en busca del laberinto.
***
El pequeño drone autónomo de Magno Jagger le manda una fotografía que tomó de un excursionista en la zona del rancho Nanmadol. Apenas verla Magno Jagger identifica a su presa.
“¡Es él!”
***
César ha llegado al laberinto; es impresionante. A esta hora de la mañana se encuentra envuelto por la niebla. Él camina alrededor del mismo, y una sensación de asombro y misticismo lo invade; este sitio tiene un magnetismo, una fuerza que lo atrae a uno hacia el interior.
Culturas de la antigüedad manifestaron su religiosidad mediante construcciones megalíticas en forma de circulos y columnas. Es increíble que unas simples piedras puedan convertirse en un símbolo de espiritualidad tan poderoso.
Pero hoy, sí lo abruma ese sentimiento a César, algo le dice que Nanmadol le va a permitir volver a casa.
César trepa a una de las grandes rocas y, pronto comienza a saltar de una a otra. Se da cuenta que estas grandes moles debieron de haber sido arrastradas hace milenios por un glaciar. Observa que musgos y helechos viven al pie de las piedras. Su emoción da paso a la simple observación turística.
Ahora piensa que fue un tonto en poner sus esperanzas de volver a casa en una simple historia y supersticiones.
“¡CESAR LACROIX!”
Al escuchar su nombre así gritado César voltea para encontrarse con que el agente espacial Magno Jagger le está apuntando con un arma de fuego, a tan solo una roca de distancia. Él se perdió en sus reflexiones y no escuchó cuando éste se trepó a la piedra.
César siente que este fanatizado agente lo va a matar ahí mismo y sin siquiera darle tiempo de explicarse.
Levanta sus manos en un gesto fútil.
“¡Hey! ¡Espera!”
Un par de disparos rasgan la tranquilidad de esta hermosa mañana.
César se desploma hasta el suelo.
***
La gente alrededor de César está alarmada por verlo inconsciente. Recibió un golpe muy fuerte de parte del ciclista. El gran hombre, que está hincado sobre él, le da palmaditas en la mejilla derecha.
“Señor, señor, ¿se encuentra bien?”
En la planta baja del edificio “C” del corporativo de Pemex se localiza una clínica de atención y, personal médico, alertado por la seguridad de la paraestatal, sale corriendo en auxilio de César. Él es llevado con una gran contusión en la cabeza.
César recobra el conocimiento cuando una enfermera grandota le está revisando el golpe en la cabeza.
“Hola. Me llamo Lumila.”
Confundido, abre los ojos justo cuando una gran señal verde fluorescente indica la desviación al rancho Nanmadol. Él ha tomado gran cantidad de viajes en autobús y sabe lo incómodo de tener que llegar hasta la estación central, siendo que su destino real está justo a la orilla del camino.
Esto lo mueve a saltar de su asiento y caminar de prisa hasta el chofer.
“Oiga amigo.”
“Sí, ¿qué quiere?”
“Mire, voy al rancho Nanmadol y, la desviación la acabamos justamente de pasar.”
“La línea me prohibe bajar pasajeros en la ruta.”
“No sea malo, no traigo más que mi mochila de mano y, ahí le doy para que cene rico, además, con lo lento que vamos, ni va a tener que detener el autobús.”
“Mmm, bueno pero, dese prisa.”
César regresa de prisa a su lugar, baja su mochila del maletero y regresa al frente del camión, piensa una cifra misma que es la propina que le transfiere al chofer. César, cuando vivía en México, se acostumbró a bajar de los microbuses, estos jamás se detienen y uno tiene que saltar como paracaidista; a varios les falla el salto y se estrellan contra los anuncios en las paradas o, gente de edad, se caen lastimándose seriamente.
César salta del camión en marcha y, rodeado por la oscuridad, emprende a pie el camino hasta el rancho Nanmadol. Solo espera que no se vaya a encontrar con un vehículo que lo atropelle.
***
Magno Jagger está sentado en la sala de llegada de los pasajeros, en la ruta que tomó César, una cara de confianza y satisfaccón se dibuja en su rostro. Se imagina como va a despacharlo y piensa si, lo despacha de inmediato o, antes se divierte con él.
Pero al darse cuenta que todos los pasajeros han descendido, menos su presa, se enfurece.
“¿Dónde está ese imbécil? ¡Ah! ¡Me lleva la chingada!”
Magno Jagger patea una maceta, la pequeña palma en ella solo sacude levemente sus hojas a consecuencia del golpe. Si a Magno Jagger le dolió el pie por la patada, no lo manifiesta, ni tampoco se aleja cojeando.
***
César en su solitaria caminata ya se ha tropezado un par de veces, así está de oscuro. Unas luces detrás suyo lo hacen voltear. Se trata de un vehículo que se le acerca lentamente y luego se empareja a él. La ventanilla del pasajero se abre, no hay nadie en ese asiento, es el conductor que se estira y se dirige a él.
“Hola amigo, buenas noches. ¿Se dirige al rancho Nanmadol?”
“Sí, voy en búsqueda del laberinto de rocas.”
“Yo trabajo ahí amigo, sabe, es propiedad privada y está cerrado al público, no puede entrar.”
“Mmm, vengo de muy lejos con el propósito expreso de visitar el laberinto.”
“Seŕa mejor que regrese, simplemente no se le va a permitir la entrada. Y menos a esta hora.”
César se siente frustrado por el obstáculo que este hombre le pone en su meta por alcanzar el laberinto de rocas.
“¿Puedo siquiera pasar la noche en el rancho? Como puede ver ya es muy tarde...” “Amigo, hace años que el rancho dejó de estar abierto a turistas. La gente es muy idiota y hubo muchos muertos que no obedecían las indicaciones de seguridad básica, muchos cayeron de las rocas, otros simplemente se perdían.”
“¡OK! ¡OK! Está bien, entiendo. Procederé a regresa por donde vine.”
Y César da la media vuelta y emprende la marcha de regreso. El hombre en su vehículo no arranca hasta no cercionarse de que César se está yendo de regreso a la carretera.
***
Magno Jagger se halla en el parque público de Longwok, en su implante óptico consulta qué existe en el lugar, ¿por qué vendría aquí su presa César y para qué? ¿Acaso simplemente vino aquí a perderse a iniciar de nuevo? ¿Simplemente abandonó a su fiel y servil amiga?
Ahora se comunica a la agencia central:
“Lancen una alerta para la localización del fugitivo, en el distrito de Longwok, en el continente Norte. Rastreenlo en los circuitos cerrados.”
Luego de cerrar la comunicación, se da una palmada en la frente.
“¿Cómo no lo pensé antes? Voy a interrogar al chofer del autobús.”
Y se dirige trotando de regreso a la central camionera.
***
Luego de caminar de vuelta por el camino y, tras asegurarse que ya no era observado por el trabajador del rancho Nanmadol, César saltó a los matorrales y, agachado, procedió a avanzar de manera sigilosa a las inmediaciones del rancho. Al alcanzar un claro decide quedarse aquí a pasar la noche. Se sienta recargado contra un gran árbol y se abraza para protegerse del frío. Ya no falta mucho para el amanecer.
Y sin darse cuenta, se queda profundamente dormido.
***
Magno Jagger se valió de sus credenciales, como agente de la administración espacial, para aterrorizar al gerente de la línea de transporte, en la estación de Longwok, y con su pura presencia física en la sala, hizo que éste mandara a traer al chofer y que le pusiera una gran reprimenda por haber dejado bajar a un pasajero en pleno trayecto.
Pero al fin Magno Jagger averiguó la ubicación de César.
“Nanmadol, el rancho Nanmadol, pero ¿qué o cuál puede ser el interés del criminal éste hacia este rancho en medio de la nada?”
Magno Jagger de inmediato realiza una consulta a la red para encontrar todo lo referente a esta finca, ¿punto de reunión de los rebeldes? Su consulta a Inteligencia Galáctica no lo identifica al rancho como punto de reunión de insurgentes. Luego hace una simple búsqueda y encuentra que era un viejo atractivo turístico hace muchos años.
Tras no encontrar nada significativo sobre el rancho, él programa la ruta para llegar hasta el lugar y parte hacia el mismo.
***
Muy temprano, apenas amanece, César se despierta, hay una espesa niebla y el frío cala hasta los huesos. César se queda, en parte asustado, piensa que está haciendo tanto frío que él pudo muy bien haber muerto congelado. ¿Desayunar? Salvo los dulces y panecillos que compró en el restaurante de camioneros, cuando emprendió este viaje, no tiene nada sustantivo para comer.
Come esto y luego de aliviarse y asearse con una botella de agua que llevaba para este propósito, inicia el caminio en busca del laberinto.
***
El pequeño drone autónomo de Magno Jagger le manda una fotografía que tomó de un excursionista en la zona del rancho Nanmadol. Apenas verla Magno Jagger identifica a su presa.
“¡Es él!”
***
César ha llegado al laberinto; es impresionante. A esta hora de la mañana se encuentra envuelto por la niebla. Él camina alrededor del mismo, y una sensación de asombro y misticismo lo invade; este sitio tiene un magnetismo, una fuerza que lo atrae a uno hacia el interior.
Culturas de la antigüedad manifestaron su religiosidad mediante construcciones megalíticas en forma de circulos y columnas. Es increíble que unas simples piedras puedan convertirse en un símbolo de espiritualidad tan poderoso.
Pero hoy, sí lo abruma ese sentimiento a César, algo le dice que Nanmadol le va a permitir volver a casa.
César trepa a una de las grandes rocas y, pronto comienza a saltar de una a otra. Se da cuenta que estas grandes moles debieron de haber sido arrastradas hace milenios por un glaciar. Observa que musgos y helechos viven al pie de las piedras. Su emoción da paso a la simple observación turística.
Ahora piensa que fue un tonto en poner sus esperanzas de volver a casa en una simple historia y supersticiones.
“¡CESAR LACROIX!”
Al escuchar su nombre así gritado César voltea para encontrarse con que el agente espacial Magno Jagger le está apuntando con un arma de fuego, a tan solo una roca de distancia. Él se perdió en sus reflexiones y no escuchó cuando éste se trepó a la piedra.
César siente que este fanatizado agente lo va a matar ahí mismo y sin siquiera darle tiempo de explicarse.
Levanta sus manos en un gesto fútil.
“¡Hey! ¡Espera!”
Un par de disparos rasgan la tranquilidad de esta hermosa mañana.
César se desploma hasta el suelo.
***
La gente alrededor de César está alarmada por verlo inconsciente. Recibió un golpe muy fuerte de parte del ciclista. El gran hombre, que está hincado sobre él, le da palmaditas en la mejilla derecha.
“Señor, señor, ¿se encuentra bien?”
En la planta baja del edificio “C” del corporativo de Pemex se localiza una clínica de atención y, personal médico, alertado por la seguridad de la paraestatal, sale corriendo en auxilio de César. Él es llevado con una gran contusión en la cabeza.
César recobra el conocimiento cuando una enfermera grandota le está revisando el golpe en la cabeza.
“Hola. Me llamo Lumila.”
Etiquetas:
aventura,
ciencia ficción,
ciencia ficción latinoamericana,
cuento,
fantasía,
futurismo,
historia corta,
narración,
relato
lunes, 11 de diciembre de 2017
domingo, 10 de diciembre de 2017
Arrebatado, parte 24
Magno Jagger observa la vieja casa de campo, escondido entre la maleza a la orilla del camino. Ha soltado un diminuto drone autónomo que recorre toda la propiedad. La gente si lo ve, pensará que se trata de un escarabajo.
Magno Jagger recibe la imagen directamente a su implante óptico. En la parte posterior de la casa, una gran mujer se encuentra tendiendo ropa recién lavada.
Él, expectante, ya puede adivinar de quién se trata.
“¡Vamos! ¡voltea!”
La gran mujer se agacha a recoger más ropa del canasto y su rostro es revelado a las cámaras del drone.
“¡Ajá! La machorra Lumila Tusiva
¡Ya los tengo!”
***
César lee la carta de despedida que le acaba de escribir a Lumila:
“Lumila, querida amiga.
Te estoy muy agradecido por todo lo que hiciste por mi y por haberme cuidado. Fuiste como una madre amorosa que me cuidó en un momento de suma necesidad para mi.
Lamento mucho que tu ayuda te haya significado el perder tu vida anterior. De no haber sido por ese mensaje que Sisco recibió por error, nuestras vidas hubieran tomado otro camino. Pero, algún poder quiso que supiéramos de la depredación que la admistración espacial realiza del mundo.
En la señora Isort hemos hallado una buena amiga. Ambas se harán compañía, ella está muy sola, igual que tú.
Me tengo que marchar; yo no pertenezco a este mundo.
El relato que el otro día la señora Isort nos contó me mueve a ir en busca de ese misterioso laberinto de piedras en Longwok.
Creo que si encuentro el portal por el que esas jovenes mujeres cayeron, yo podré regresar a casa.
Cuídate. Con aprecio:
César.”
Es muy temprano en la mañana, César deja la carta, en la mesa de la cocina, doblada pot la mitad y solo escribe sobre ella: “Lumila”.
Él sale por la puerta de servicio, llevando una mochila al hombro, con sus pertenencias. Se dirige hacia el restaurante para camioneros. El mismo que muchos meses atrás Lumila y éĺ atravesaron cuando abandonaron el autobús en el que venían huyendo.
***
Un drone ha estado siguiendo a César desde que abandonó la propiedad de la señora Isort. Magno Jagger recibe su transmisión en tiempo real.
“¡Veamos a dónde te diriges terrorista!”
Magno Jagger, por fortuna para la señora Isort, y Lumila, ha decidido centrarse en César por el momento. La grandota Lumila le parece una gran bruta. Inofensiva, como una abeja obrera, haciendo trabajo repetitivo sin cuestionar las ordenes recibidas.
Una vez que haya eliminado a César regresará a ejecutar a las mujeres. Por si acaso le comentaron a la anciana sobre la explotación desmedida del planeta.
***
Hace tiempo que César no se paraba por el restaurante de camioneros. La última vez que vino fue para comprarse una cena para llevar. Él tiene esa amable relación que se desarrolla con desconocidos que uno ve ocasionalmente, como, el personal de un restaurante precisamente.
“Hola Matilda”.
“¡Hola César! Que le trae tan temprano por aquí.”
“Pues para empezar, sirvame un desayuno campesino y, mientras espero, présteme la carta de rutas de autobús.”
“Puede accesarla directamente de su implante”.
“No, no. No hay como el comer y estar leyendo algo junto al plato. Por favor.”
Magno Jagger lo observa desde su camioneta todo terreno con vidrios polarizados. Su vehículo está prácticamente oculto por los camiones de carga que se encuentran estacionados en el lote frente al restaurante. Ni quién sospeche de éste.
***
Dos horas después, César ya se encuentra a bordo del autobús que lo lleva a la ciudad de Longwok, una vez ahí, César de desplazará hasta el laberinto de rocas en el rancho Nanmadol.
Magno Jagger rebasa el autobús con su potente camioneta, al cerrarsele peligrosamente, Magno con el claxon lanza una ofensa.
No es necesario que él siga al transporte. Todo fue tan sencillo como accesar al sistema del restaurante y leer el registro de la compra de pasaje hacia Longwok, hecha por César.
Magno Jagger lo estará esperando cuando el autobús finalmente llegue.
“¡Por los cielos! El pobre infeliz se va a aventar un viaje de catorce horas en un trayecto que se hace en hora y media en automóvil.”
***
César mira por la ventana, nota a la camioneta que los rebasó y que tocó el claxon ofensivamente, pero no le da mayor importancia al asunto. Le parece bello el paisaje, seco, árido y desolado sí, pero le recuerda mucho a México. Y en esta asociación de ideas viene a su mente un capítulo de su infancia.
Recień se había cambiado su familia a una casa dúplex en Los Pastores, Naucálpan y, él se la pasaba encerrado en su cuarto, pero como vivía en la planta baja tenía la ventaja de que podía jugar en el patio trasero, donde asustaba a las pobres lagartijas y, una de ellas que terminó cayendo a la coladera le hizo sentir culpa y remordimiento.
Un día escuchó la voz de una niña que gritaba:
“¡Papá! ¿Dónde estás?”
“Afuera”
“Afuera ¿dónde?”
“En el coche.”
“¡Ya métete!”
Él identificó la voz como procedente de la casa en la acera de enfrente.
Días después la volvió a escuchar. La niña traía un escándalo y el portón de su casa lo golpeaba, desde adentro con una pelota y, ella se reía y gritaba.
Otro día, desde la ventana de la sala de su casa, César vió al papá de la niña que estaba en la azotea, pintando el tanque del gas estacionario y, escuchó a la niña que le gritaba.
“¡Papá! Mamá quiere que ya te bajes.”
Estas y otras ocasiones en las que César escuchó la alegre voz de la niña, formaron una imagen idealizada en su mente. Él se la imaginó morena, cabello negro y largo, delgada, muy inteligente.
Y, naturalmente, César quiso conocerla. Estuvo varias tardes pendiente, se salía a la banqueta de su casa y, sólo se sentaba en su bicicleta, esperando que ella saliera, pero sin suerte. O si no, cuando llegaba la familia de ella, él trataba de verla bajarse del automóvil. Pero tampoco así tuvo suerte.
Un día su mamá le dijo:
“César, te vamos a hacer una fiesta de cumpleaños aquí en la casa. Tu papá va a comprar un pastel muy grande de chocolate con bombones y mermelada de frambuesa. Invita a tus compañeros de la escuela y amigos que quieras.”
El pequeño César se paralizó ante la oportunidad que esta fiesta le presentaba: invitar a su desconocida vecina.
Y así fue que el se armó de valor y cruzó la calle, con cuidado y, tocó el timbre de la casa, lo tuvo que volver a hacer un par de veces hasta que finalmente se abrió la puerta de entrada personal, ya que el gran portón, completo, también se abría para poder meter un auto al garage.
Salió el abuelo de la casa, un señor que él sabía había sido maestro, a pesar de su fobia natural a los maestros César con toda amabilidad le explicó al señor el motivo de su visita.
“Hola señor, soy César, vivo en la casa de enfrente.”
“¡Ah! sí. Claro que te conozco pequeño. Yo soy amigo de tu papá. Dime ¿qué se te ofrece?”
“Mmm, va a ser mi fiesta de cumpleaños, este viernes en la tarde me la van a hacer mis papás y, deseo invitar a su nieta a que venga.”
En eso desde adentro de la casa del maestro se escucha un grito alegre que le es muy familiar. César se emociona pero, quien sale al frente a acompañar a su abuelo y a averiguar, también, que está haciendo, es un niño, más chico de edad que César. El profesor sonriente le revuelve el cabello a su nieto y lo acerca a él, antes de dirigirse a César:
“Lamento que te contaran mal, yo no tengo nieta alguna, solo a él, Miguel. ¿Por qué no lo invitas?”
El pequeño César baja su mirada, fingiendo voltear a ver al niño más bajo que él, pero en realidad ocultando el dolor que se dibuja en su rostro.
“Sí, desde luego. Miguel, te espero el viernes a partir de las cinco de la tarde en mi casa.”
Ya de regreso en su casa, César se sienta en los escalones que bajan al patio trasero. Él está sumamente triste, ¿cómo es posible que la niña que imaginó, que idealizó en su mente no exista? Siente una opresión en su pecho, se siente mal porque ella, el ente que únicamente vivió en su mente, para todo hecho práctico, ha muerto.
Su rostro, sus facciones, cabello, su color de piel, su personalidad, su risa ¡todo era real! Al menos en su mente. ¡Ella existió por un breve instante! Pero ya no más.
Una lágrima se escurre por su mejilla y el llora sobre sus brazos y rodillas.
Magno Jagger recibe la imagen directamente a su implante óptico. En la parte posterior de la casa, una gran mujer se encuentra tendiendo ropa recién lavada.
Él, expectante, ya puede adivinar de quién se trata.
“¡Vamos! ¡voltea!”
La gran mujer se agacha a recoger más ropa del canasto y su rostro es revelado a las cámaras del drone.
“¡Ajá! La machorra Lumila Tusiva
¡Ya los tengo!”
***
César lee la carta de despedida que le acaba de escribir a Lumila:
“Lumila, querida amiga.
Te estoy muy agradecido por todo lo que hiciste por mi y por haberme cuidado. Fuiste como una madre amorosa que me cuidó en un momento de suma necesidad para mi.
Lamento mucho que tu ayuda te haya significado el perder tu vida anterior. De no haber sido por ese mensaje que Sisco recibió por error, nuestras vidas hubieran tomado otro camino. Pero, algún poder quiso que supiéramos de la depredación que la admistración espacial realiza del mundo.
En la señora Isort hemos hallado una buena amiga. Ambas se harán compañía, ella está muy sola, igual que tú.
Me tengo que marchar; yo no pertenezco a este mundo.
El relato que el otro día la señora Isort nos contó me mueve a ir en busca de ese misterioso laberinto de piedras en Longwok.
Creo que si encuentro el portal por el que esas jovenes mujeres cayeron, yo podré regresar a casa.
Cuídate. Con aprecio:
César.”
Es muy temprano en la mañana, César deja la carta, en la mesa de la cocina, doblada pot la mitad y solo escribe sobre ella: “Lumila”.
Él sale por la puerta de servicio, llevando una mochila al hombro, con sus pertenencias. Se dirige hacia el restaurante para camioneros. El mismo que muchos meses atrás Lumila y éĺ atravesaron cuando abandonaron el autobús en el que venían huyendo.
***
Un drone ha estado siguiendo a César desde que abandonó la propiedad de la señora Isort. Magno Jagger recibe su transmisión en tiempo real.
“¡Veamos a dónde te diriges terrorista!”
Magno Jagger, por fortuna para la señora Isort, y Lumila, ha decidido centrarse en César por el momento. La grandota Lumila le parece una gran bruta. Inofensiva, como una abeja obrera, haciendo trabajo repetitivo sin cuestionar las ordenes recibidas.
Una vez que haya eliminado a César regresará a ejecutar a las mujeres. Por si acaso le comentaron a la anciana sobre la explotación desmedida del planeta.
***
Hace tiempo que César no se paraba por el restaurante de camioneros. La última vez que vino fue para comprarse una cena para llevar. Él tiene esa amable relación que se desarrolla con desconocidos que uno ve ocasionalmente, como, el personal de un restaurante precisamente.
“Hola Matilda”.
“¡Hola César! Que le trae tan temprano por aquí.”
“Pues para empezar, sirvame un desayuno campesino y, mientras espero, présteme la carta de rutas de autobús.”
“Puede accesarla directamente de su implante”.
“No, no. No hay como el comer y estar leyendo algo junto al plato. Por favor.”
Magno Jagger lo observa desde su camioneta todo terreno con vidrios polarizados. Su vehículo está prácticamente oculto por los camiones de carga que se encuentran estacionados en el lote frente al restaurante. Ni quién sospeche de éste.
***
Dos horas después, César ya se encuentra a bordo del autobús que lo lleva a la ciudad de Longwok, una vez ahí, César de desplazará hasta el laberinto de rocas en el rancho Nanmadol.
Magno Jagger rebasa el autobús con su potente camioneta, al cerrarsele peligrosamente, Magno con el claxon lanza una ofensa.
No es necesario que él siga al transporte. Todo fue tan sencillo como accesar al sistema del restaurante y leer el registro de la compra de pasaje hacia Longwok, hecha por César.
Magno Jagger lo estará esperando cuando el autobús finalmente llegue.
“¡Por los cielos! El pobre infeliz se va a aventar un viaje de catorce horas en un trayecto que se hace en hora y media en automóvil.”
***
César mira por la ventana, nota a la camioneta que los rebasó y que tocó el claxon ofensivamente, pero no le da mayor importancia al asunto. Le parece bello el paisaje, seco, árido y desolado sí, pero le recuerda mucho a México. Y en esta asociación de ideas viene a su mente un capítulo de su infancia.
Recień se había cambiado su familia a una casa dúplex en Los Pastores, Naucálpan y, él se la pasaba encerrado en su cuarto, pero como vivía en la planta baja tenía la ventaja de que podía jugar en el patio trasero, donde asustaba a las pobres lagartijas y, una de ellas que terminó cayendo a la coladera le hizo sentir culpa y remordimiento.
Un día escuchó la voz de una niña que gritaba:
“¡Papá! ¿Dónde estás?”
“Afuera”
“Afuera ¿dónde?”
“En el coche.”
“¡Ya métete!”
Él identificó la voz como procedente de la casa en la acera de enfrente.
Días después la volvió a escuchar. La niña traía un escándalo y el portón de su casa lo golpeaba, desde adentro con una pelota y, ella se reía y gritaba.
Otro día, desde la ventana de la sala de su casa, César vió al papá de la niña que estaba en la azotea, pintando el tanque del gas estacionario y, escuchó a la niña que le gritaba.
“¡Papá! Mamá quiere que ya te bajes.”
Estas y otras ocasiones en las que César escuchó la alegre voz de la niña, formaron una imagen idealizada en su mente. Él se la imaginó morena, cabello negro y largo, delgada, muy inteligente.
Y, naturalmente, César quiso conocerla. Estuvo varias tardes pendiente, se salía a la banqueta de su casa y, sólo se sentaba en su bicicleta, esperando que ella saliera, pero sin suerte. O si no, cuando llegaba la familia de ella, él trataba de verla bajarse del automóvil. Pero tampoco así tuvo suerte.
Un día su mamá le dijo:
“César, te vamos a hacer una fiesta de cumpleaños aquí en la casa. Tu papá va a comprar un pastel muy grande de chocolate con bombones y mermelada de frambuesa. Invita a tus compañeros de la escuela y amigos que quieras.”
El pequeño César se paralizó ante la oportunidad que esta fiesta le presentaba: invitar a su desconocida vecina.
Y así fue que el se armó de valor y cruzó la calle, con cuidado y, tocó el timbre de la casa, lo tuvo que volver a hacer un par de veces hasta que finalmente se abrió la puerta de entrada personal, ya que el gran portón, completo, también se abría para poder meter un auto al garage.
Salió el abuelo de la casa, un señor que él sabía había sido maestro, a pesar de su fobia natural a los maestros César con toda amabilidad le explicó al señor el motivo de su visita.
“Hola señor, soy César, vivo en la casa de enfrente.”
“¡Ah! sí. Claro que te conozco pequeño. Yo soy amigo de tu papá. Dime ¿qué se te ofrece?”
“Mmm, va a ser mi fiesta de cumpleaños, este viernes en la tarde me la van a hacer mis papás y, deseo invitar a su nieta a que venga.”
En eso desde adentro de la casa del maestro se escucha un grito alegre que le es muy familiar. César se emociona pero, quien sale al frente a acompañar a su abuelo y a averiguar, también, que está haciendo, es un niño, más chico de edad que César. El profesor sonriente le revuelve el cabello a su nieto y lo acerca a él, antes de dirigirse a César:
“Lamento que te contaran mal, yo no tengo nieta alguna, solo a él, Miguel. ¿Por qué no lo invitas?”
El pequeño César baja su mirada, fingiendo voltear a ver al niño más bajo que él, pero en realidad ocultando el dolor que se dibuja en su rostro.
“Sí, desde luego. Miguel, te espero el viernes a partir de las cinco de la tarde en mi casa.”
Ya de regreso en su casa, César se sienta en los escalones que bajan al patio trasero. Él está sumamente triste, ¿cómo es posible que la niña que imaginó, que idealizó en su mente no exista? Siente una opresión en su pecho, se siente mal porque ella, el ente que únicamente vivió en su mente, para todo hecho práctico, ha muerto.
Su rostro, sus facciones, cabello, su color de piel, su personalidad, su risa ¡todo era real! Al menos en su mente. ¡Ella existió por un breve instante! Pero ya no más.
Una lágrima se escurre por su mejilla y el llora sobre sus brazos y rodillas.
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sábado, 11 de noviembre de 2017
Arrebatado, parte 23
César va corriendo por el campo. Siempre que puede, al haber terminado temprano las labores que él realiza para la señora Isort, explora los alrededores de la propiedad rural de la anciana. En esta ocasión caminó hasta un promontorio rocoso, solo visible al subir a una colina al sur de la propiedad.
Una vez alcanzado el promontorio, César lo escaló hasta la cima, él quería experimentar la sensación de lograr conquistar un reto personal; así como el ver la vista desde arriba, misma que éĺ se imaginó debía de ser espectacular.
Pero al empezar a escalar la roca, el proverbial silencio ensodercedor cayó sobre él y así mismo, sintió una sensación que le dejó fríos los huesos, así como un presentimiento de peligro. César desistió de su intención de escalar la roca e inmediatamente descendió y, con precaución pero a paso veloz, emprendió el regreso a la propiedad de la señora Isort.
En el trayecto de vuelta, él no dejaba de pensar en todos los accidentes naturales, montañas, cañones, que, en La Tierra llevan el nombre del “diablo”: la torre del diablo, la cañada del diablo, el cañón del diablo.
Algo sucede en las zonas remotas de la naturaleza que causan muertes y desapariciones a paseantes, como si ciertas energías se concentraran, o acaso, son el lugar de caza de ciertos animales depredadores, incluso de seres extraterrestres. Mucha gente desaparece cada año, sin dejar rastro alguno, en parques y reservas naturales.
Él mismo, es ejemplo de una persona que cayó a otra dimensión y, poco antes de desaparecer de la Tierra, él se enteró del caso de una joven regia que desapareció en circunstancias misteriosas en Chiapas.
***
César se encuentra en la cocina, está sentado a la mesa cenando un pan dulce, acompañado de un vaso de leche. La noche ha caído ya; a través de la ventana, adornada con bonitas cortinas con temas de cocina, solo se puede ver una oscuridad impenetrable. Él ha prendido el monitor para poderse enterar de las noticias del día; le gusta mucho escuchar un podcast de un simpático sujero de aspecto descuidado quien, sin embargo, siempre tiene información muy útil y relevante que los medios tradicionales, oficialistas, de información no transmitern; es un milagro que siga en la red, con todo lo que el sujeto dice la administración espacial ya debería de haberlo censurado.
En eso entra la señora Isort.
“¡César! ¿qué hace aquí sólo?”
“Pues, ya relajándome; este fue un día de bastante trabajo y, cuando quise darme un tiempo para mi, no la pasé tan bien.”
“¿Por qué César? ¿qué le sucedió?”
“¡Ah por cierto! Terminé de pintar las puertas de la casa.”
“Gracias César, pero, no hay prisa alguna. Mejor cuéntame que es lo que te sucedió que te tiene tan afectado.”
Y César procede a narrarle a la señora Isort su experiencia al pretender ir a escalar la roca que él descubrió. Así como la sensación de peligro que sintió. Una sensación y una alerta que en verdad le hicieron temer por su integridad física.
La señora Isort lo escucha atentamente y, un vez que él concluyó su relato, ella habla.
“Esa roca que descubriste, es la roca Ayes. Hace décadas, la roca Ayes, era un punto favorito para ir de excursión y hacer días de campo junto a ella. Más de una persona murió tratando de escalarla. Aunque no es un promontorio muy alto, perder el equilibrio y caer puede significar la muerte, la cabeza humana no está hecha para resistir un golpe contra las rocas abajo.”
“Ahí hay una fuerza negativa, en verdad me sentí amenazado.”
“¿Sabes? Cuando era niña mi padre siempre me advertía de no pasar mucho tiempo sola alejada de la casa y, él no se refería a los peligros naturales a los que una niña se puede ver expuesta, como el ser atacada por pervertidos por ejemplo. Antes, la gente estaba más aislada que incluso ahora, el contacto con la naturaleza era más profundo, íntimo.”
“Sí en efecto, del lugar de donde vengo también abundan los casos de gente que simplemente se desvanece, como si se los tragara la tierra.”
“¡Así es! Y casi siempre en zonas rurales, en los bosques o en rocas. A decir verdad, la roca Ayes sí tiene fama de ser un punto negativo en la región, mi padre evitaba tener que acercarse a ella.”
“Muchas culturas creen que grandes rocas son el lugar de habitación de entidades elementales de la naturaleza.Recuerdo haber leído que en Irlanda...”
“¿Irlanda?”
“Perdón, una reservación naturalista vecina a aquella de la que vengo. Los colonos de Irlanda cuando construyen un nuevo camino y se encuentran con una gran roca en la ruta trazada, en vez de destruir la roca, hacen que el camino discurra a su alrededor.”
“Mi madre varias veces me contó de un caso de desaparición colectiva que ocurrió en su distrito de origen, cuando ella era solo una niña.”
“¿Sí?”
“Ella era solo una niña, pero me dice que ese caso fue una sensación durante meses en las redes sociales.”
Ante esta última observación por parte de la señora Isort, César se da cuenta que este mundo ha tenido electrónica por un periodo mucho mayor que la Tierra.
“Sucedió así. En un colegio privado exclusivo para señoritas, el Colegio Iseta, en Longwok, donde mi mamá vivía, en el verano y en fechas cercanas al final del ciclo escolar, organizaban un paseo campestre, que consistía en una larga caminata, o aquellas que lo prefirieran, una rodada en bicicleta, y un día de campo en un rancho, el rancho Nanmadol.
Ahí hay una zona con grandes rocas, y la gente las explora, hasta hoy en día; te las voy a mostrar en la red; es un auténtico laberinto de piedras.
Lo que sucedió fue que, hacia el final del día de campo, una joven profesora de literatura les propuso al grupo de siete alumnas que habían estado conviviendo con ella, que fueran a explorar el laberinto de rocas.
Otra maestra, con la mayor parte de un grupo, las vieron partir. Incluso esta profesora, ya madura de edad y ejerciendo su autoridad, le indicó a la joven maestra y a las niñas que no dilataran en su paseo, puesto que pronto se iba a iniciar el regreso al colegio.
Pasó media hora y la directora del colegio ordenó el regreso. Al contar cabezas las prefectas se dieron cuenta de la ausencia de la joven maestra y las siete niñas.
Alumnas y maestras se pusieron a gritar los nombres de las niñas y la maestra desaparecidas:
'¡Petty! ¿dónde estas?' '¡Monicque! ¡Ya sal! ¡No nos asustes!'
'¡Profesora Lora! ¡Si están heridas griten todas al mismo tiempo!
'¡Lulia! ¡Ya basta de este juego! ¡Nos asustas!'
Y así durante minutos. Un grupo de profesoras junto a varias alumnas del último grado organizaron una partida de búsqueda. Al mismo tiempo que otras alumnas partieron de regreso a la ciudad para solicitar ayuda y auxilio de las autoridades.
Este laberinto de rocas en realidad no es muy grande. En unos cuantos minutos una lo puede rodear. Pero es su recorrido interior, el que lleva bastante tiempo recorrer.
Pasaron cuarenta minutos, durante los cuales el grupo de maestras y alumnas que se ofrecieron como voluntarias para buscar a las niñas y la maestra desaparecidas, ya habían entrado y salido varias veces del laberinto.
Incluso hasta de mala gana, la directora tuvo que tolerar a varias niñas, quienes por iniciativa propia, emprendieron una búsqueda como cabras, caminando sobre las rocas, a pesar del tremendo riesgo que esto supuso para éstas.
Finalmente la directora a gritos llamó a todas las maestras y niñas que estaban activamente tomando parte de la búsqueda y ordenó el regreso a la ciudad. Porque si se dilataban más, las iba a sorprender el anochecer en la caminata de vuelta.
Cabe decir que para este momento y ante la tardanza, cientos de padres ya estaban aterrorizados por no tener noticias de sus hijas. En esas fechas no había cobertura completa de la señal de los móviles.
Y justo cuando esto pasaba, llegaron camiones de transporte de personal enviados por la municipalidad, con personal de búsqueda y rescate, acompañados por la policía.
Se llevaron a las niñas de regreso a sus hogares y, la directora con un grupo de maestras se quedaron con las autoridades y el equipo de rescate. Pasaron ellas, una noche desesperante ya que, debido a la oscuridad el equipo de rescate decidió aplazar la búsqueda exhaustiva hasta el día siguiente.
Había suéteres y un sombrero, pertenecientes a las niñas y a la joven maestra, con los que los perros rastreadores del equipo de rescate emprendieron la búsqueda, siguiendo el rastro olfativo. Pero, a escasos cuarenta metros dentro del laberinto de rocas, los perros se echaron, negándose a continuar. Los rescatistas sorprendidos dijeron que esto se debía a que el rastro simplemente desapareció.
Incluso adentraron a los perros aún más hacia el interior, pero fue inútil, no había rastro que seguir. Luego el equipo de rescate hizo una búsqueda desde la parte posterior del laberinto. Con resultados negativos también.
El comisario de la policía que dirigía la operación sugirió que tal vez ellas cayeron a un socavón, así que centraron sus esfuerzos en el área donde los perros perdieron el rastro, pero no hallaron evidencia de un socavón ni de un deslave.
Al tercer día se suspendió la búsqueda intensiva. Las maestras y la directora quienes permanecieron todo ese tiempo en Nanmadol regresaron a Longwok; y solo continuó el peinado del área un pequeño grupo de rescate.
Ya para entonces el comisario empezó a tratar el incidente como un caso criminal y arraigó como sospechosos a varios empleados del rancho Nanmadol y ¡hasta al equipo masculino del colegio! Un par de conserjes y el cajero. Porque él dijo que como hombres podrían haber desarrollado tendencias malignas hacia las alumnas.
Se llegó al extremo, de parte de las autoridades de drenar un pantano a tres kilómetros de Nanmadol. Pensando que en varios casos criminales, arrojar los cuerpos al agua es como se deshacen de los mismos. Pero no se halló nada tampoco.
Uno de los conserjes tenía revistas pornográficas en su cuarto dentro del colegio, por lo que el tipo estuvo detenido varios meses. Hasta los mismos padres de las niñas desaparecidas declararon que al infeliz solo lo tenían como chivo expiatorio. Como no se le pudo comprobar un nexo con la desaparición de las niñas y la profesora, fue liberado a final de cuentas.
Hasta la universidad de la capital envió un equipo infrarojo para detectar cavidades en las que ellas pudieran haber caído pero, ¡nada! Se las tragó la tierra.”
Se las tragó la tierra… Precisamente el nombre del mundo de origen de César; él se pregunta si igualmente su desaparición, en casa, fue explicada de la misma manera.
Ahora se pregunta si, acaso yendo a ese laberinto rocoso en Longwok no podría encontrar una ruta, un agujero de gusano que lo lleve a la Tierra.
Una vez alcanzado el promontorio, César lo escaló hasta la cima, él quería experimentar la sensación de lograr conquistar un reto personal; así como el ver la vista desde arriba, misma que éĺ se imaginó debía de ser espectacular.
Pero al empezar a escalar la roca, el proverbial silencio ensodercedor cayó sobre él y así mismo, sintió una sensación que le dejó fríos los huesos, así como un presentimiento de peligro. César desistió de su intención de escalar la roca e inmediatamente descendió y, con precaución pero a paso veloz, emprendió el regreso a la propiedad de la señora Isort.
En el trayecto de vuelta, él no dejaba de pensar en todos los accidentes naturales, montañas, cañones, que, en La Tierra llevan el nombre del “diablo”: la torre del diablo, la cañada del diablo, el cañón del diablo.
Algo sucede en las zonas remotas de la naturaleza que causan muertes y desapariciones a paseantes, como si ciertas energías se concentraran, o acaso, son el lugar de caza de ciertos animales depredadores, incluso de seres extraterrestres. Mucha gente desaparece cada año, sin dejar rastro alguno, en parques y reservas naturales.
Él mismo, es ejemplo de una persona que cayó a otra dimensión y, poco antes de desaparecer de la Tierra, él se enteró del caso de una joven regia que desapareció en circunstancias misteriosas en Chiapas.
***
César se encuentra en la cocina, está sentado a la mesa cenando un pan dulce, acompañado de un vaso de leche. La noche ha caído ya; a través de la ventana, adornada con bonitas cortinas con temas de cocina, solo se puede ver una oscuridad impenetrable. Él ha prendido el monitor para poderse enterar de las noticias del día; le gusta mucho escuchar un podcast de un simpático sujero de aspecto descuidado quien, sin embargo, siempre tiene información muy útil y relevante que los medios tradicionales, oficialistas, de información no transmitern; es un milagro que siga en la red, con todo lo que el sujeto dice la administración espacial ya debería de haberlo censurado.
En eso entra la señora Isort.
“¡César! ¿qué hace aquí sólo?”
“Pues, ya relajándome; este fue un día de bastante trabajo y, cuando quise darme un tiempo para mi, no la pasé tan bien.”
“¿Por qué César? ¿qué le sucedió?”
“¡Ah por cierto! Terminé de pintar las puertas de la casa.”
“Gracias César, pero, no hay prisa alguna. Mejor cuéntame que es lo que te sucedió que te tiene tan afectado.”
Y César procede a narrarle a la señora Isort su experiencia al pretender ir a escalar la roca que él descubrió. Así como la sensación de peligro que sintió. Una sensación y una alerta que en verdad le hicieron temer por su integridad física.
La señora Isort lo escucha atentamente y, un vez que él concluyó su relato, ella habla.
“Esa roca que descubriste, es la roca Ayes. Hace décadas, la roca Ayes, era un punto favorito para ir de excursión y hacer días de campo junto a ella. Más de una persona murió tratando de escalarla. Aunque no es un promontorio muy alto, perder el equilibrio y caer puede significar la muerte, la cabeza humana no está hecha para resistir un golpe contra las rocas abajo.”
“Ahí hay una fuerza negativa, en verdad me sentí amenazado.”
“¿Sabes? Cuando era niña mi padre siempre me advertía de no pasar mucho tiempo sola alejada de la casa y, él no se refería a los peligros naturales a los que una niña se puede ver expuesta, como el ser atacada por pervertidos por ejemplo. Antes, la gente estaba más aislada que incluso ahora, el contacto con la naturaleza era más profundo, íntimo.”
“Sí en efecto, del lugar de donde vengo también abundan los casos de gente que simplemente se desvanece, como si se los tragara la tierra.”
“¡Así es! Y casi siempre en zonas rurales, en los bosques o en rocas. A decir verdad, la roca Ayes sí tiene fama de ser un punto negativo en la región, mi padre evitaba tener que acercarse a ella.”
“Muchas culturas creen que grandes rocas son el lugar de habitación de entidades elementales de la naturaleza.Recuerdo haber leído que en Irlanda...”
“¿Irlanda?”
“Perdón, una reservación naturalista vecina a aquella de la que vengo. Los colonos de Irlanda cuando construyen un nuevo camino y se encuentran con una gran roca en la ruta trazada, en vez de destruir la roca, hacen que el camino discurra a su alrededor.”
“Mi madre varias veces me contó de un caso de desaparición colectiva que ocurrió en su distrito de origen, cuando ella era solo una niña.”
“¿Sí?”
“Ella era solo una niña, pero me dice que ese caso fue una sensación durante meses en las redes sociales.”
Ante esta última observación por parte de la señora Isort, César se da cuenta que este mundo ha tenido electrónica por un periodo mucho mayor que la Tierra.
“Sucedió así. En un colegio privado exclusivo para señoritas, el Colegio Iseta, en Longwok, donde mi mamá vivía, en el verano y en fechas cercanas al final del ciclo escolar, organizaban un paseo campestre, que consistía en una larga caminata, o aquellas que lo prefirieran, una rodada en bicicleta, y un día de campo en un rancho, el rancho Nanmadol.
Ahí hay una zona con grandes rocas, y la gente las explora, hasta hoy en día; te las voy a mostrar en la red; es un auténtico laberinto de piedras.
Lo que sucedió fue que, hacia el final del día de campo, una joven profesora de literatura les propuso al grupo de siete alumnas que habían estado conviviendo con ella, que fueran a explorar el laberinto de rocas.
Otra maestra, con la mayor parte de un grupo, las vieron partir. Incluso esta profesora, ya madura de edad y ejerciendo su autoridad, le indicó a la joven maestra y a las niñas que no dilataran en su paseo, puesto que pronto se iba a iniciar el regreso al colegio.
Pasó media hora y la directora del colegio ordenó el regreso. Al contar cabezas las prefectas se dieron cuenta de la ausencia de la joven maestra y las siete niñas.
Alumnas y maestras se pusieron a gritar los nombres de las niñas y la maestra desaparecidas:
'¡Petty! ¿dónde estas?' '¡Monicque! ¡Ya sal! ¡No nos asustes!'
'¡Profesora Lora! ¡Si están heridas griten todas al mismo tiempo!
'¡Lulia! ¡Ya basta de este juego! ¡Nos asustas!'
Y así durante minutos. Un grupo de profesoras junto a varias alumnas del último grado organizaron una partida de búsqueda. Al mismo tiempo que otras alumnas partieron de regreso a la ciudad para solicitar ayuda y auxilio de las autoridades.
Este laberinto de rocas en realidad no es muy grande. En unos cuantos minutos una lo puede rodear. Pero es su recorrido interior, el que lleva bastante tiempo recorrer.
Pasaron cuarenta minutos, durante los cuales el grupo de maestras y alumnas que se ofrecieron como voluntarias para buscar a las niñas y la maestra desaparecidas, ya habían entrado y salido varias veces del laberinto.
Incluso hasta de mala gana, la directora tuvo que tolerar a varias niñas, quienes por iniciativa propia, emprendieron una búsqueda como cabras, caminando sobre las rocas, a pesar del tremendo riesgo que esto supuso para éstas.
Finalmente la directora a gritos llamó a todas las maestras y niñas que estaban activamente tomando parte de la búsqueda y ordenó el regreso a la ciudad. Porque si se dilataban más, las iba a sorprender el anochecer en la caminata de vuelta.
Cabe decir que para este momento y ante la tardanza, cientos de padres ya estaban aterrorizados por no tener noticias de sus hijas. En esas fechas no había cobertura completa de la señal de los móviles.
Y justo cuando esto pasaba, llegaron camiones de transporte de personal enviados por la municipalidad, con personal de búsqueda y rescate, acompañados por la policía.
Se llevaron a las niñas de regreso a sus hogares y, la directora con un grupo de maestras se quedaron con las autoridades y el equipo de rescate. Pasaron ellas, una noche desesperante ya que, debido a la oscuridad el equipo de rescate decidió aplazar la búsqueda exhaustiva hasta el día siguiente.
Había suéteres y un sombrero, pertenecientes a las niñas y a la joven maestra, con los que los perros rastreadores del equipo de rescate emprendieron la búsqueda, siguiendo el rastro olfativo. Pero, a escasos cuarenta metros dentro del laberinto de rocas, los perros se echaron, negándose a continuar. Los rescatistas sorprendidos dijeron que esto se debía a que el rastro simplemente desapareció.
Incluso adentraron a los perros aún más hacia el interior, pero fue inútil, no había rastro que seguir. Luego el equipo de rescate hizo una búsqueda desde la parte posterior del laberinto. Con resultados negativos también.
El comisario de la policía que dirigía la operación sugirió que tal vez ellas cayeron a un socavón, así que centraron sus esfuerzos en el área donde los perros perdieron el rastro, pero no hallaron evidencia de un socavón ni de un deslave.
Al tercer día se suspendió la búsqueda intensiva. Las maestras y la directora quienes permanecieron todo ese tiempo en Nanmadol regresaron a Longwok; y solo continuó el peinado del área un pequeño grupo de rescate.
Ya para entonces el comisario empezó a tratar el incidente como un caso criminal y arraigó como sospechosos a varios empleados del rancho Nanmadol y ¡hasta al equipo masculino del colegio! Un par de conserjes y el cajero. Porque él dijo que como hombres podrían haber desarrollado tendencias malignas hacia las alumnas.
Se llegó al extremo, de parte de las autoridades de drenar un pantano a tres kilómetros de Nanmadol. Pensando que en varios casos criminales, arrojar los cuerpos al agua es como se deshacen de los mismos. Pero no se halló nada tampoco.
Uno de los conserjes tenía revistas pornográficas en su cuarto dentro del colegio, por lo que el tipo estuvo detenido varios meses. Hasta los mismos padres de las niñas desaparecidas declararon que al infeliz solo lo tenían como chivo expiatorio. Como no se le pudo comprobar un nexo con la desaparición de las niñas y la profesora, fue liberado a final de cuentas.
Hasta la universidad de la capital envió un equipo infrarojo para detectar cavidades en las que ellas pudieran haber caído pero, ¡nada! Se las tragó la tierra.”
Se las tragó la tierra… Precisamente el nombre del mundo de origen de César; él se pregunta si igualmente su desaparición, en casa, fue explicada de la misma manera.
Ahora se pregunta si, acaso yendo a ese laberinto rocoso en Longwok no podría encontrar una ruta, un agujero de gusano que lo lleve a la Tierra.
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sábado, 28 de octubre de 2017
jueves, 26 de octubre de 2017
domingo, 8 de octubre de 2017
sábado, 7 de octubre de 2017
Arrebatado, parte 22
César y Lumila viajan a bordo de un camión de trasnporte público. Han tenido que ir prácticamente , saltando de línea de transporte público en línea, para abandonar Ciudad Capital. El tomar un autobús en la central de autobuses los hubiera llevado directo a las manos de los agentes de la administración planetaria espacial.
El camión se detiene en lo que a César le parece una vil villa. Una docena de vendedores se acercan con canastas a las ventanas del camión. Son lugareños ofreciendo lunches, bebidas y comida chatarra diversa.
“Lumila, mira abandonemos aquí el camión. Me parece un lugar excelente para perder el rastro.”
Se bajan del camión, el conductor, uniformado y presentable, pero cansado por el viaje no les dice nada. Total, boleto pagado, es todo lo que a él, como representante de su emprea, le interesa.
Caminan hasta la fonda, que se encuentra casi vacía, la idea de los dueños es que los pasajeros de los camiones y autobuses se bajen aquí a comer. Tal vez el próximo camión sí deje que sus pasajeros bajen a departir tranquilamente.
César se queda viendo hacia el interior del restaurante, inmóvil por varios segundos. Lumila, sumamente asustada, hablándole pegada a su espalda, le susurra al oído:
“César ¿y ahora qué hacemos?”
Eso mismo se pregunta él. Llevan más de un día deambulando en camiones por las afueras de Ciudad Capital.
César la toma por el antebrazo y la guía hacia afuera del restaurante.
“Cuando recién me encontraste, ¿qué es lo que le decías a la gente que yo era? ¿Un naturista de las montañas? Me pregunto, si no hay una de esas comunidades aquí cerca de esta población.”
Lumila, cuyo estado mental ahora parece ser el de: permanentemente asustada, le contesta con voz entrecortada y apenas audible.
“No se, esa gente a veces se acerca a las ciudades a vender sus productos de granja y, muchos de sus jovenes escapan temporalmente para conocer la vida moderna.”
“OK, tomemos, mmm, ese camino, está cubierto por árboles que siquiera nos protegerán del sol mientras caminemos. ”
“¿Por qué este camino?” “Cualquiera es bueno Lumila, y si, si quieres llegar a algún lado, debes de ponerte en camino.”
***
Luego de caminar cerca de cuarenta minutos, César y Lumila llegan a una finca, rodeada de gigantescos robles. En medio del terreno se puede ver una hermosa casa que luce similar a la arquitectura norteamericana de finales del siglo XIX, esto es, construída en madera, con un pórtico, techo partido de dos aguas, dos plantas. La casa está pintada en color blanco y encima del pórtico se levanta una alta torre campanario. Pequeña, pero todo esto en su conjunto, le da cierto aire a templo cristiano. César y Lumila fascinados por esta hermosa casa, se acercan hasta la puerta principal. No hay una cerca que delimite la propiedad privada, ni señales de advertencia a extraños.
Suben unos cuantos escalones hasta la puerta, que se halla abierta, pero protegida con una puerta mosquitero y ahora pueden escuchar música procedente de un viejo gramófono.
“¿Hola? ¿perdón? No es nuesra intención invadir ni ser inoportunos. ¿hola?”
“¡Voooy!, ¡vooooy!” Les contesta una voz cansada y trémula, la voz de una anciana.
Desde el interior ven acercarse lentamente a una anciana de cabello blanco, su rostro deformado por la falta de dientes, pero con un gesto de amabilidad.
Ella viste como todas las ancianas, y encima de sus ropas el esperado delantal, manchado de pintura acrílica, señal de que a ella le gusta dedicarse a las artesanías.
“¿Qué se les ofrece? Si vienen en son de paz son bienvenidos, pero si tienen intenciones malignas hacia mi, les advierto que esta casa está protegida por armas de fuego.”
“Mmm, no se apure señora, venimos en paz. Sabe, mi amiga y yo andamos buscando trabajo...”
Lumila le da un pisotón, bastante fuerte a César, como castigo por haber mencionado que buscan trabajo.
César se disculpa con la anciana.
“Por favor discúlpeme señora, hay algo que necesito mencionarle a Lumila, mi amiga, ahorita regresamos.”
Y a continuación se la lleva, bajando del pórtico a varios metros de distancia de la puerta de la casa. Cuando César considera que están lo suficientemente alejados de la agradable anciana le menciona a Lumila en voz baja de todas maneras.
“Lumila, este lugar es nuestra única esperanza en este momento. Ya no tenemos fondos en los tatuajes interactivos, estamos en medio del campo, quién sabe que tan lejos esté la próxima ranchería. No tenemos a dónde ir. Y en cuanto lleguemos a la próxima ciudad ¡la que sea! Nos van a estar esperando los agentes de la administración planetaria para matarnos enseguida.”
Ella se lo queda viendo y antes de que pueda articular nada, César la guía por el codo de regreso con la anciana, quien espera en la puerta de su casa.
“Y bien, ¿qué tanto misterio se traen ustedes dos?”
“Perdónenos señora, pasa que mi amiga no está tan segura de que aquí sea un lugar adecuado para buscar trabajo.”
“Mmm. Verá joven, ayuda sí necesito, pero pagarla, no puedo. Soy una viuda pensionada sin hijos y apenas y me alcanza para mantenerme a mi misma.”
“Señora, que le parece si… Cuidamos de usted, nos encargamos de mantener su propiedad, cuidar sus animales; Lumila aquí le puede cocinar, y lo demás que se ofrezca y, usted a cambio, nos da techo.” “Pero, ¿así nada más joven? Es riesgoso para mi. No se quiénes son ustedes.”
“Supongo que tiene razón señora. Bueno… procedemos a retirarnos.”
César gira a Lumila y caminan bajando las escaleras. La amable anciana les grita a sus espaldas.
“¡Esperen! ¿Qué les parecería estar unos días a prueba? Para ver si la relación nos es mutuamente beneficiosa.”
César y Lumila se voltean a ver y, César sin esperar a la opinión de ella, se apresura subiendo las escaleras del pórtico y le extiende su mano a la anciana.
“Le agradecemos mucho señora. Le aseguro que no se va a arrepentir. Mi nombre es César Lacroix y ella es Lumila Tusiva.”
“¡Mucho gusto! Yo soy la señora Andreia Isort. Vengan síganme. Hace hasta todavía un par de años yo rentaba cuartos para huéspedes. Pero la nueva carretera de cuota a Ciudad Capital provocó que toda esta zona al sur quedara en el abandono. Ya nadie pasa por aquí.
¿Son pareja? Porque les puedo dar una habitación juntos o, si gustan, separados.”
“¡Separados por favor!” Lumila le contesta asustada. César sonriente ante la reacción de ella le comenta a la señora Isort.
“Solo somos amigos.”
Mientras caminan por el interior de la casa, César se maravilla ante las cosas que ve. Esta casa tuvo su momento de gloria y explendor, tal vez hace cosa de un siglo. Todos los objetos, limpios, bien cuidadados y bellos, parecen recién salidos de la fábrica. Pero al mismo tiempo, son antiguos.
***
César y Lumila se han adaptado muy bien a su nueva vida de trabajadores en la propiedad de la señora Andreia Isort. Cada día, al terminar sus labores, se sientan en la sala junto a ella. La vieja dama ha encontrado sumamente reconfortante la compañía de ellos dos y hasta, renació en ella el gusto por cocinar galletas, pasteles y postres diversos. César y Lumila le han caído como una inyección de vida.
Y la señora Isort siempre tiene relatos de su juventud que contar cuando se sientan a tomar el té y a comer las galletas por ella preparadas; y hasta César y Lumila han empezado a participar con relatos propios.
“Y mi papá espantó las babosas que se habían arremolinado en torno a mi debido a que les di migajas de pan.”
Lumila, ya más abierta, concluye su relato de una vez que, cuando niña, fue asustada por las babosas.
“¡Qué cosa tan horribles esas babosas! Cuando llegué aquí, fue de las cosas que más me impresionaron.”
“¿Cómo, acaso no las hay en todo el mundo?”
La señora Isort cuestiona a César, extrañada por su afirmación. Pero antes de que él pueda contestar algo, Lumila interviene.
“César procede de una comuna naturista. Y en la misma las combatían fumigándolas, por eso él apenas y las conocía cuando niño.”
La señora Isort se queda callada ante la inconsistencia de que naturistas usen pesticidas en su comuna. Ella decide romper el incómodo silencio que cayó.
“Bueno”, la señora Isort finalmente habla, “cuando yo era niña había babosas gigantescas; que para bien o para mal ya se han extinguido. No dudo que en las zonas remotas del mundo aún existan.
Cuando era niña...”
Y en este punto César hace un amigable aullido de burla amistoso; que ella así lo interpreta.
“Sí, literalmente ya pasó una eternidad. Cuando yo era niña, ésta, la propiedad familiar, estaba en medio de la nada. Había que conducir más de una hora para llegar a la ruta, que incluso en ese entonces era de terracería.
Mi papá me había regalado tres borreguitos, a lo largo de un par de años. Así que Monkey, Mickey y Archi, en orden de edad, eran de distintos tamaños, del más grande al chiquito.
Siempre andaba con ellos, para arriba y para abajo. Los quería mucho a los tres. Yo me encariñé particularmente con Mickey, el de en medio. Y ese sentimiento me hacía sentir culpa. Ya que durante un tiempo, Monkey, fue mi único borreguito y él me quería mucho.
Un día que ellos me acompañaban en la cerca de madera. Yo estaba arrancando espigas de pasto y jugaba con ellas. Cuando de repente, escucho el aleteo más increíble que haya escuchado en mi vida. Me quedé pasmada al ver a la gigantesca babosa que se paró sobre la cerca; era tan grande como yo.
A mi me pareció que su cabeza solo era puro pico, así de grande lo tenía, no recuero haberle visto ojos. Mis inocentes borreguitos seguían tranquilamente comiendo yerba al pie de la cerca, sin darse cuenta del peligro. Esta babosa baja su cabeza, estudiando a los borreguitos, yo pensaba, '¡que no se lleve a Mickey!, ¡que no se lleve a Mickey!'
Y de un salto, cae sobre Monkey e inmediatamente, se eleva por los aires, con él en sus garras, perdiéndose de vista en las alturas. No voló a la distancia, ¡no! Se fue ¡hacia arriba! Se volvieron un minísculo punto y ya no los pude ver.”
La señora Isort se levanta de su sillón, limpiándose una lágrima que le escurre del ojo derecho. Levanta la charola de plata con el servicio de té y se va a la cocina.
El camión se detiene en lo que a César le parece una vil villa. Una docena de vendedores se acercan con canastas a las ventanas del camión. Son lugareños ofreciendo lunches, bebidas y comida chatarra diversa.
“Lumila, mira abandonemos aquí el camión. Me parece un lugar excelente para perder el rastro.”
Se bajan del camión, el conductor, uniformado y presentable, pero cansado por el viaje no les dice nada. Total, boleto pagado, es todo lo que a él, como representante de su emprea, le interesa.
Caminan hasta la fonda, que se encuentra casi vacía, la idea de los dueños es que los pasajeros de los camiones y autobuses se bajen aquí a comer. Tal vez el próximo camión sí deje que sus pasajeros bajen a departir tranquilamente.
César se queda viendo hacia el interior del restaurante, inmóvil por varios segundos. Lumila, sumamente asustada, hablándole pegada a su espalda, le susurra al oído:
“César ¿y ahora qué hacemos?”
Eso mismo se pregunta él. Llevan más de un día deambulando en camiones por las afueras de Ciudad Capital.
César la toma por el antebrazo y la guía hacia afuera del restaurante.
“Cuando recién me encontraste, ¿qué es lo que le decías a la gente que yo era? ¿Un naturista de las montañas? Me pregunto, si no hay una de esas comunidades aquí cerca de esta población.”
Lumila, cuyo estado mental ahora parece ser el de: permanentemente asustada, le contesta con voz entrecortada y apenas audible.
“No se, esa gente a veces se acerca a las ciudades a vender sus productos de granja y, muchos de sus jovenes escapan temporalmente para conocer la vida moderna.”
“OK, tomemos, mmm, ese camino, está cubierto por árboles que siquiera nos protegerán del sol mientras caminemos. ”
“¿Por qué este camino?” “Cualquiera es bueno Lumila, y si, si quieres llegar a algún lado, debes de ponerte en camino.”
***
Luego de caminar cerca de cuarenta minutos, César y Lumila llegan a una finca, rodeada de gigantescos robles. En medio del terreno se puede ver una hermosa casa que luce similar a la arquitectura norteamericana de finales del siglo XIX, esto es, construída en madera, con un pórtico, techo partido de dos aguas, dos plantas. La casa está pintada en color blanco y encima del pórtico se levanta una alta torre campanario. Pequeña, pero todo esto en su conjunto, le da cierto aire a templo cristiano. César y Lumila fascinados por esta hermosa casa, se acercan hasta la puerta principal. No hay una cerca que delimite la propiedad privada, ni señales de advertencia a extraños.
Suben unos cuantos escalones hasta la puerta, que se halla abierta, pero protegida con una puerta mosquitero y ahora pueden escuchar música procedente de un viejo gramófono.
“¿Hola? ¿perdón? No es nuesra intención invadir ni ser inoportunos. ¿hola?”
“¡Voooy!, ¡vooooy!” Les contesta una voz cansada y trémula, la voz de una anciana.
Desde el interior ven acercarse lentamente a una anciana de cabello blanco, su rostro deformado por la falta de dientes, pero con un gesto de amabilidad.
Ella viste como todas las ancianas, y encima de sus ropas el esperado delantal, manchado de pintura acrílica, señal de que a ella le gusta dedicarse a las artesanías.
“¿Qué se les ofrece? Si vienen en son de paz son bienvenidos, pero si tienen intenciones malignas hacia mi, les advierto que esta casa está protegida por armas de fuego.”
“Mmm, no se apure señora, venimos en paz. Sabe, mi amiga y yo andamos buscando trabajo...”
Lumila le da un pisotón, bastante fuerte a César, como castigo por haber mencionado que buscan trabajo.
César se disculpa con la anciana.
“Por favor discúlpeme señora, hay algo que necesito mencionarle a Lumila, mi amiga, ahorita regresamos.”
Y a continuación se la lleva, bajando del pórtico a varios metros de distancia de la puerta de la casa. Cuando César considera que están lo suficientemente alejados de la agradable anciana le menciona a Lumila en voz baja de todas maneras.
“Lumila, este lugar es nuestra única esperanza en este momento. Ya no tenemos fondos en los tatuajes interactivos, estamos en medio del campo, quién sabe que tan lejos esté la próxima ranchería. No tenemos a dónde ir. Y en cuanto lleguemos a la próxima ciudad ¡la que sea! Nos van a estar esperando los agentes de la administración planetaria para matarnos enseguida.”
Ella se lo queda viendo y antes de que pueda articular nada, César la guía por el codo de regreso con la anciana, quien espera en la puerta de su casa.
“Y bien, ¿qué tanto misterio se traen ustedes dos?”
“Perdónenos señora, pasa que mi amiga no está tan segura de que aquí sea un lugar adecuado para buscar trabajo.”
“Mmm. Verá joven, ayuda sí necesito, pero pagarla, no puedo. Soy una viuda pensionada sin hijos y apenas y me alcanza para mantenerme a mi misma.”
“Señora, que le parece si… Cuidamos de usted, nos encargamos de mantener su propiedad, cuidar sus animales; Lumila aquí le puede cocinar, y lo demás que se ofrezca y, usted a cambio, nos da techo.” “Pero, ¿así nada más joven? Es riesgoso para mi. No se quiénes son ustedes.”
“Supongo que tiene razón señora. Bueno… procedemos a retirarnos.”
César gira a Lumila y caminan bajando las escaleras. La amable anciana les grita a sus espaldas.
“¡Esperen! ¿Qué les parecería estar unos días a prueba? Para ver si la relación nos es mutuamente beneficiosa.”
César y Lumila se voltean a ver y, César sin esperar a la opinión de ella, se apresura subiendo las escaleras del pórtico y le extiende su mano a la anciana.
“Le agradecemos mucho señora. Le aseguro que no se va a arrepentir. Mi nombre es César Lacroix y ella es Lumila Tusiva.”
“¡Mucho gusto! Yo soy la señora Andreia Isort. Vengan síganme. Hace hasta todavía un par de años yo rentaba cuartos para huéspedes. Pero la nueva carretera de cuota a Ciudad Capital provocó que toda esta zona al sur quedara en el abandono. Ya nadie pasa por aquí.
¿Son pareja? Porque les puedo dar una habitación juntos o, si gustan, separados.”
“¡Separados por favor!” Lumila le contesta asustada. César sonriente ante la reacción de ella le comenta a la señora Isort.
“Solo somos amigos.”
Mientras caminan por el interior de la casa, César se maravilla ante las cosas que ve. Esta casa tuvo su momento de gloria y explendor, tal vez hace cosa de un siglo. Todos los objetos, limpios, bien cuidadados y bellos, parecen recién salidos de la fábrica. Pero al mismo tiempo, son antiguos.
***
César y Lumila se han adaptado muy bien a su nueva vida de trabajadores en la propiedad de la señora Andreia Isort. Cada día, al terminar sus labores, se sientan en la sala junto a ella. La vieja dama ha encontrado sumamente reconfortante la compañía de ellos dos y hasta, renació en ella el gusto por cocinar galletas, pasteles y postres diversos. César y Lumila le han caído como una inyección de vida.
Y la señora Isort siempre tiene relatos de su juventud que contar cuando se sientan a tomar el té y a comer las galletas por ella preparadas; y hasta César y Lumila han empezado a participar con relatos propios.
“Y mi papá espantó las babosas que se habían arremolinado en torno a mi debido a que les di migajas de pan.”
Lumila, ya más abierta, concluye su relato de una vez que, cuando niña, fue asustada por las babosas.
“¡Qué cosa tan horribles esas babosas! Cuando llegué aquí, fue de las cosas que más me impresionaron.”
“¿Cómo, acaso no las hay en todo el mundo?”
La señora Isort cuestiona a César, extrañada por su afirmación. Pero antes de que él pueda contestar algo, Lumila interviene.
“César procede de una comuna naturista. Y en la misma las combatían fumigándolas, por eso él apenas y las conocía cuando niño.”
La señora Isort se queda callada ante la inconsistencia de que naturistas usen pesticidas en su comuna. Ella decide romper el incómodo silencio que cayó.
“Bueno”, la señora Isort finalmente habla, “cuando yo era niña había babosas gigantescas; que para bien o para mal ya se han extinguido. No dudo que en las zonas remotas del mundo aún existan.
Cuando era niña...”
Y en este punto César hace un amigable aullido de burla amistoso; que ella así lo interpreta.
“Sí, literalmente ya pasó una eternidad. Cuando yo era niña, ésta, la propiedad familiar, estaba en medio de la nada. Había que conducir más de una hora para llegar a la ruta, que incluso en ese entonces era de terracería.
Mi papá me había regalado tres borreguitos, a lo largo de un par de años. Así que Monkey, Mickey y Archi, en orden de edad, eran de distintos tamaños, del más grande al chiquito.
Siempre andaba con ellos, para arriba y para abajo. Los quería mucho a los tres. Yo me encariñé particularmente con Mickey, el de en medio. Y ese sentimiento me hacía sentir culpa. Ya que durante un tiempo, Monkey, fue mi único borreguito y él me quería mucho.
Un día que ellos me acompañaban en la cerca de madera. Yo estaba arrancando espigas de pasto y jugaba con ellas. Cuando de repente, escucho el aleteo más increíble que haya escuchado en mi vida. Me quedé pasmada al ver a la gigantesca babosa que se paró sobre la cerca; era tan grande como yo.
A mi me pareció que su cabeza solo era puro pico, así de grande lo tenía, no recuero haberle visto ojos. Mis inocentes borreguitos seguían tranquilamente comiendo yerba al pie de la cerca, sin darse cuenta del peligro. Esta babosa baja su cabeza, estudiando a los borreguitos, yo pensaba, '¡que no se lleve a Mickey!, ¡que no se lleve a Mickey!'
Y de un salto, cae sobre Monkey e inmediatamente, se eleva por los aires, con él en sus garras, perdiéndose de vista en las alturas. No voló a la distancia, ¡no! Se fue ¡hacia arriba! Se volvieron un minísculo punto y ya no los pude ver.”
La señora Isort se levanta de su sillón, limpiándose una lágrima que le escurre del ojo derecho. Levanta la charola de plata con el servicio de té y se va a la cocina.
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miércoles, 6 de septiembre de 2017
viernes, 1 de septiembre de 2017
Arrebatado, parte 21
César y Lumila se han refugiado en una nave industrial. Pueden escuchar el intenso sonido del rotor de un helicóptero de la policía que no les ha perdido el rastro en su huida a través de la zona.
“¡Sin duda tiene visión térmica y por eso no lo podemos perder! Lumila, cuando veníamos corriendo hacia aquí, pude ver que tras este edificio pasa un río. Tengo una idea. Huyamos en esa dirección y saltemos al agua.”
Lumila solo se lo queda viendo, con los ojos muy abiertos, en shock por lo experimentado desde esta tarde y ahora el ser objeto de una persecución, como si ellos fueran ratones. En su posición, de cuclillas en el suelo, y recargados contra contenedores, César tiene que sacudirla para que ella reaccione. Y gritando para hacerse escuchar contra el ruido de la aeronave:
“¡Hey! ¡Lumila! Tranquila, si perdemos la concentración estaremos definitivamente perdidos.”
César ahora escucha una disminución en el timbre del rotor del helicóptero.
“¡Se elevan! Tal vez están señalando así su posición a fuerzas de tierra. Lumila, escúchame con atención, a la de tres, salimos corriendo, rodeamos el edificio, corremos hasta el canal y, saltamos al agua. ¿Entendido?”
Lumila sigue pasmada, ida.
“Está bien, ahí va, ¡uno! ¡dos! ¡TRES!”
César jala a Lumila de la muñeca derecha, con un fuerte empujón abre la gran puerta de la nave industrial y a señas le indica a Lumila que dirección tomar. Tienen suerte, él voltea al cielo y ve que el helicóptero ahora está a gran altura. César ya nota cercano el borde del canal y al mismo tiempo que salta, cierra los ojos y aguanta la respiración.
Lumila, está muy asustada como para poder gritar. Un intento de grito se le atora en la garganta y un gesto de terror se le dibuja en el rostro.
Ella se hunde con los ojos y la boca abierta, al emerger, ella siente una repugnancia absoluta, ¡es agua hedionda! Y ahora en su mente se atropellan sentimientos de asco, vergüenza, repugnancia.
Por fortuna el canal no es profundo; ahora Lumila está temblando de frío. César le señala un lugar en el banco del canal, no muy lejano.
“¡Mira! Bajo ese puente vehicular podermos fácilmente escalar hacia la superficie. Apúrate antes de que nos localice el helicóptero.”
César escala con facilidad el no muy alto banco, jalando tras de sí a Lumila. Al llegar al nivel de la calle, él puede darse cuenta que se hallan precisamente donde termina el distrito industrial; de un lado del canal hay naves industriales, fábricas y bodegas, del otro lado: casas y bajos edificios de apartamentos.
“Mira Lumila, ¿ves esa caseta de vigilancia? Por lo general siempre están ocupadas por guardias de seguridad privada; es poco probable que las fuerzas de seguridad se hallan comunicado con la seguridad privada de este vecindario, alertándolos de nuestra búsqueda. Acerquémosnos a pedirle ayuda.”
Lumila, tiembla de frío violentamente, y se frota ella misma, César al darse cuenta le frota la espalda, los brazos. Lumila se siente tan mal que, no tiene tiempo de darle connotación sexual a los frotamientos que César le hace. En cualquier otro día ella se hubiera sentido sumamente emocionada.
Al fin llegan a la caseta y, pueden ver a un guardia delgado, moreno y canoso dormido, recargado contra uno de los cristales. Frente a él hay un monitor que despliega la imágen procedente de nueve cámaras de circuito cerrado; todas mostrando una noche tranquila.
César le toca al cristal, tiene que insistir porque el guardia está profundamente dormido. Cuando finalmente se despierta, pasan varios segundos mientras éste conecta su cerebro y recuerda dónde está y qué está haciendo.
“Oiga buen hombre, ¿puede ayudarnos? ”
“¿Qué? ¿qué? ¿qué les pasa?”
“Mire, mi compañera y yo veníamos de regreso de la planta cuando, ella resbaló al fondo del canal y yo tuve que meterme para ayudarla a salir. Necesitamos bañarnos, cambiarnos.”
Mostrando la característica suspicacia de la gente pobre, el guardia privado le responde.
“A ver, si venían caminando de regreso de su trabajo de la planta, es porque su lugar de residencia no puede estar muy lejos de la zona industrial, ¿por qué no caminan hasta su casa de una buena vez?”
“Mire amigo, ¿cómo se llama?”
“Engie Tamon”
“Mire Engie, ¿no ve como mi amiga está al punto de la hipotermia? Necesitamos urgentemente ayuda.”
Engie se lo queda viendo y, la empatía que la súplica de César le causa le mueve a actuar.
“Mire, en la planta baja de ese edificio de enfrente, mis compañeros y yo tenemos asignado un departamento para descansar, cocinarnos, usar el baño, etc. Los voy a llevar pero, no pueden permanecer más que esta noche, al amanecer tienen que marcharse.”
“¡Muchas gracias Engie! No sabe como le vamos a estar agradecidos.”
Engie se agacha bajo la superficie sobre la que está el monitor y saca un llavero que contiene docenas de llaves distintas.
“¡Vamos rápido!”
Les dice, y desplegando una gran memoria, con la primera llave que toma, le echa llave a la caseta de vigilancia. Y se adelanta a César y Lumila mostrándoles el camino. Llegan ante un pequeño edificio de tres niveles.
Una vez más, y casualmente, mostrando su prodigiosa memoria, con la primera llave que coge del llavero, abre la reja de entrada. César puede darse cuenta que la gente de Ciudad Capital goza de un mayor nivel económico. La planta baja del edificio es el garage y él puede ver seis vehículos, nuevos y bastante bonitos.
“Síganme, al fondo se encuentra el departamento que los guardias de seguridad tenemos asignado.”
Y César una vez más se queda fascinado, como a la primera, la llave cogida por Engie abre la puerta del departamento.
“¡Entren! ¡entren! Hay un cuarto de lavado con secadora. Pueden comer algo, claro, siempre y cuando lo paguen.”
“No se apure amigo Engie, y, ¿dónde está el baño?”
“Es esa puerta al fondo.”
Engie camina hacia una puerta metálica, con cristales en la parte superior, y la abre.
“Aquí, en el patio trasero, está la lavadora y la secadora. El patio está techado, pueden esperar cómodamente, cubiertos en toalla mientras su ropa está lista.”
Escuchan que Lumila sale corriendo y luego, la puerta del baño cerrarse de golpe.
“Que bueno que se apuró a meterse a bañar, así mojada ya se estaba poniendo muy mal.” César le comenta al guardia Engie.
Después de varios minutos, en los que a César incluso se le pasó el frío y apenas y notaba lo apestoso de sus ropas, él estaba charlando amenamente con Engie sobre la familia de este último, y entonces escuchan un grito que los hace sobresaltarse. Se trata de Lumila, quien sale, apenas cubierta por una toalla, debido al gran tamaño de ella.
“¡No me vean! ¡no me vean!”
“Lumila, tranquila. Mira, en la lavadora Engie ya nos hizo el favor de ponernos detergente y suavizante.”
Lumila pasa corriendo, aterrorizada, frente a César y Engie, en dirección al cuarto de lavado.
“Bueno, tiene razón, está casi desnuda. Engie ahora es mi turno de irme a bañar. Por cierto, no vayas a intentar nada contra ella.”
“¡Por favor César! ¿por quién me toma? No soy ese tipo de hombres.”
Engie, decide mejor retirarse a la caseta de vigilancia, para evitar cualquier tipo de malentendido.
Horas después, ya en la madrugada, César y Lumila están sentados en la mesa de la cocina, tomando crafté. Ya bañados, recuperados del frío y sus ropas lavadas y secas.
En el monitor, César aburrido le cambió a todos los canales. Por lo visto aquí en este mundo, también de madrugada transmiten películas viejas y desconocidas que son verdaderas joyas. A César le cautivó una película de jovenes en un salón de clases. El profesor al que le estaban faltando el respeto, un hombre de aspecto hispano como César, impone su autoridad en cuanto se pone serio, y los alumnos, como consecuencia, se quedan expectantes.
“¡A ver clase! ¡Silencio! ¡Martínez! ¡Cállate! Vamos a hacer un ejercicio para demostrarles los peligros de no cuestionar a la autoridad”
El profesor de la película toma un gran toma un libro y le ordena a uno de sus alumnos:
“¡Camacho! Pasa al frente.”
El alumno, delgado, blanco, rubio, estaba distraído, murmurándole cosas a una atractiva alumna junto a él. El profesor le toma la mano izquierda, le voltea la palma hacia arriba, le coloca el libro en ella, luego se quita su anillo de plata que lleva en su mano izquierda y lo pone parado de canto sobre el libro.
“Camacho, en el menor tiempo posible, recorre el salón hasta el fondo y te vienes de regreso conmigo al frente.”
La clase se rie adivinando lo que a continuación va a ocurrir, el anillo va a rodar al piso en cuanto Camacho trote apresurado hacia el fondo del salón. Camacho se pone en marcha y, en efecto, el anillo rueda, por fortuna él lo atrapa en el aire y, sonriente regresa con el profesor y le entrega el libro y el anillo.
El profesor, juguetonamente, se lamenta en voz alta con su peculiar:
“Ay, ay, ay, ay.”
Y meneando la cabeza viendo al suelo señala a la guapa alumna a la que Camacho le está haciendo la corte.
“Frisia, ve tú, inténtalo.”
Ella se levanta sonriente de su pupitre. El profesor le coloca el libro, igualmente, pero ahora en su palma derecha hacia arriba, coloca de nuevo el anillo parado de canto en el centro y, también le repite a ella, que en el menor tiempo posible vaya al fondo del salón y regrese.
Y ahora, apenas al dar unos pasos veloces, el anillo en esta ocasión sí cae al suelo y rueda hasta chocar contra una pared. Una alumna lo recupera y se lo lleva al profesor.
“¡Ah! Pues simplemente no se puede profesor. Apenas uno camina y el anillo rueda. Uno tendría que ir muy despacio.”
Le comenta Ernst Schummer, el presidente de la clase, y el profesor, sacude violentamente su brazo derecho hacia él, pero se dirige a toda la clase.
“¡Yo no establecí un tiempo mínimo!, solamente dije que se hiciera el recorrido en el menor tiempo posible.”
“A ver, hágalo usted profesor.”
Schummer lo reta.
“¡Enseguida! ¡Ven Schummer! Colócame el libro con el anillo encima en la palma de la mano.”
Schummer se para y camina hacia el profesor, toma el libro y el anillo, que le son ofrecidos por el profesor. El profesor levanta su mano izquierda y Schummer le coloca el libro sobre la palma y el anillo lo para de canto en el centro del libro.
El profesor luego de esto, voltea a ver a Schummer, le sonríe, acuesta el anillo, y lo coloca bajo su pulgar izquierdo para sostenerlo, y a continuación sale caminando a paso veloz hacia el fondo del salón para luego regresar al frente.
Los alumnos protestan.
“¡Hizo trampa! ¡No se vale! ¿Por qué no equilibró el anillo?”
El profesor ejecuta una danza de la victoria y luego levanta sus brazos para silenciarlos.
“¡Hey! ¡hey! ¡hey! ¡silencio! Les acabó de dar una de las lecciones más importantes de sus vidas. Yo en ningún movento restringí el ejercicio a que, el anillo tuviera que estar pararo sobre su canto.
Si algo no está explícitamente prohibido ¿por qué no hacerlo? Y, no sigan ciegamente a las figuras de autoridad, sin cuestionarlas. ¿Qué tal si les están indicando hacer algo incorrecto o inmoral?
No entreguen alegremente sus cerebros a cualquiera.”
“¡Sin duda tiene visión térmica y por eso no lo podemos perder! Lumila, cuando veníamos corriendo hacia aquí, pude ver que tras este edificio pasa un río. Tengo una idea. Huyamos en esa dirección y saltemos al agua.”
Lumila solo se lo queda viendo, con los ojos muy abiertos, en shock por lo experimentado desde esta tarde y ahora el ser objeto de una persecución, como si ellos fueran ratones. En su posición, de cuclillas en el suelo, y recargados contra contenedores, César tiene que sacudirla para que ella reaccione. Y gritando para hacerse escuchar contra el ruido de la aeronave:
“¡Hey! ¡Lumila! Tranquila, si perdemos la concentración estaremos definitivamente perdidos.”
César ahora escucha una disminución en el timbre del rotor del helicóptero.
“¡Se elevan! Tal vez están señalando así su posición a fuerzas de tierra. Lumila, escúchame con atención, a la de tres, salimos corriendo, rodeamos el edificio, corremos hasta el canal y, saltamos al agua. ¿Entendido?”
Lumila sigue pasmada, ida.
“Está bien, ahí va, ¡uno! ¡dos! ¡TRES!”
César jala a Lumila de la muñeca derecha, con un fuerte empujón abre la gran puerta de la nave industrial y a señas le indica a Lumila que dirección tomar. Tienen suerte, él voltea al cielo y ve que el helicóptero ahora está a gran altura. César ya nota cercano el borde del canal y al mismo tiempo que salta, cierra los ojos y aguanta la respiración.
Lumila, está muy asustada como para poder gritar. Un intento de grito se le atora en la garganta y un gesto de terror se le dibuja en el rostro.
Ella se hunde con los ojos y la boca abierta, al emerger, ella siente una repugnancia absoluta, ¡es agua hedionda! Y ahora en su mente se atropellan sentimientos de asco, vergüenza, repugnancia.
Por fortuna el canal no es profundo; ahora Lumila está temblando de frío. César le señala un lugar en el banco del canal, no muy lejano.
“¡Mira! Bajo ese puente vehicular podermos fácilmente escalar hacia la superficie. Apúrate antes de que nos localice el helicóptero.”
César escala con facilidad el no muy alto banco, jalando tras de sí a Lumila. Al llegar al nivel de la calle, él puede darse cuenta que se hallan precisamente donde termina el distrito industrial; de un lado del canal hay naves industriales, fábricas y bodegas, del otro lado: casas y bajos edificios de apartamentos.
“Mira Lumila, ¿ves esa caseta de vigilancia? Por lo general siempre están ocupadas por guardias de seguridad privada; es poco probable que las fuerzas de seguridad se hallan comunicado con la seguridad privada de este vecindario, alertándolos de nuestra búsqueda. Acerquémosnos a pedirle ayuda.”
Lumila, tiembla de frío violentamente, y se frota ella misma, César al darse cuenta le frota la espalda, los brazos. Lumila se siente tan mal que, no tiene tiempo de darle connotación sexual a los frotamientos que César le hace. En cualquier otro día ella se hubiera sentido sumamente emocionada.
Al fin llegan a la caseta y, pueden ver a un guardia delgado, moreno y canoso dormido, recargado contra uno de los cristales. Frente a él hay un monitor que despliega la imágen procedente de nueve cámaras de circuito cerrado; todas mostrando una noche tranquila.
César le toca al cristal, tiene que insistir porque el guardia está profundamente dormido. Cuando finalmente se despierta, pasan varios segundos mientras éste conecta su cerebro y recuerda dónde está y qué está haciendo.
“Oiga buen hombre, ¿puede ayudarnos? ”
“¿Qué? ¿qué? ¿qué les pasa?”
“Mire, mi compañera y yo veníamos de regreso de la planta cuando, ella resbaló al fondo del canal y yo tuve que meterme para ayudarla a salir. Necesitamos bañarnos, cambiarnos.”
Mostrando la característica suspicacia de la gente pobre, el guardia privado le responde.
“A ver, si venían caminando de regreso de su trabajo de la planta, es porque su lugar de residencia no puede estar muy lejos de la zona industrial, ¿por qué no caminan hasta su casa de una buena vez?”
“Mire amigo, ¿cómo se llama?”
“Engie Tamon”
“Mire Engie, ¿no ve como mi amiga está al punto de la hipotermia? Necesitamos urgentemente ayuda.”
Engie se lo queda viendo y, la empatía que la súplica de César le causa le mueve a actuar.
“Mire, en la planta baja de ese edificio de enfrente, mis compañeros y yo tenemos asignado un departamento para descansar, cocinarnos, usar el baño, etc. Los voy a llevar pero, no pueden permanecer más que esta noche, al amanecer tienen que marcharse.”
“¡Muchas gracias Engie! No sabe como le vamos a estar agradecidos.”
Engie se agacha bajo la superficie sobre la que está el monitor y saca un llavero que contiene docenas de llaves distintas.
“¡Vamos rápido!”
Les dice, y desplegando una gran memoria, con la primera llave que toma, le echa llave a la caseta de vigilancia. Y se adelanta a César y Lumila mostrándoles el camino. Llegan ante un pequeño edificio de tres niveles.
Una vez más, y casualmente, mostrando su prodigiosa memoria, con la primera llave que coge del llavero, abre la reja de entrada. César puede darse cuenta que la gente de Ciudad Capital goza de un mayor nivel económico. La planta baja del edificio es el garage y él puede ver seis vehículos, nuevos y bastante bonitos.
“Síganme, al fondo se encuentra el departamento que los guardias de seguridad tenemos asignado.”
Y César una vez más se queda fascinado, como a la primera, la llave cogida por Engie abre la puerta del departamento.
“¡Entren! ¡entren! Hay un cuarto de lavado con secadora. Pueden comer algo, claro, siempre y cuando lo paguen.”
“No se apure amigo Engie, y, ¿dónde está el baño?”
“Es esa puerta al fondo.”
Engie camina hacia una puerta metálica, con cristales en la parte superior, y la abre.
“Aquí, en el patio trasero, está la lavadora y la secadora. El patio está techado, pueden esperar cómodamente, cubiertos en toalla mientras su ropa está lista.”
Escuchan que Lumila sale corriendo y luego, la puerta del baño cerrarse de golpe.
“Que bueno que se apuró a meterse a bañar, así mojada ya se estaba poniendo muy mal.” César le comenta al guardia Engie.
Después de varios minutos, en los que a César incluso se le pasó el frío y apenas y notaba lo apestoso de sus ropas, él estaba charlando amenamente con Engie sobre la familia de este último, y entonces escuchan un grito que los hace sobresaltarse. Se trata de Lumila, quien sale, apenas cubierta por una toalla, debido al gran tamaño de ella.
“¡No me vean! ¡no me vean!”
“Lumila, tranquila. Mira, en la lavadora Engie ya nos hizo el favor de ponernos detergente y suavizante.”
Lumila pasa corriendo, aterrorizada, frente a César y Engie, en dirección al cuarto de lavado.
“Bueno, tiene razón, está casi desnuda. Engie ahora es mi turno de irme a bañar. Por cierto, no vayas a intentar nada contra ella.”
“¡Por favor César! ¿por quién me toma? No soy ese tipo de hombres.”
Engie, decide mejor retirarse a la caseta de vigilancia, para evitar cualquier tipo de malentendido.
Horas después, ya en la madrugada, César y Lumila están sentados en la mesa de la cocina, tomando crafté. Ya bañados, recuperados del frío y sus ropas lavadas y secas.
En el monitor, César aburrido le cambió a todos los canales. Por lo visto aquí en este mundo, también de madrugada transmiten películas viejas y desconocidas que son verdaderas joyas. A César le cautivó una película de jovenes en un salón de clases. El profesor al que le estaban faltando el respeto, un hombre de aspecto hispano como César, impone su autoridad en cuanto se pone serio, y los alumnos, como consecuencia, se quedan expectantes.
“¡A ver clase! ¡Silencio! ¡Martínez! ¡Cállate! Vamos a hacer un ejercicio para demostrarles los peligros de no cuestionar a la autoridad”
El profesor de la película toma un gran toma un libro y le ordena a uno de sus alumnos:
“¡Camacho! Pasa al frente.”
El alumno, delgado, blanco, rubio, estaba distraído, murmurándole cosas a una atractiva alumna junto a él. El profesor le toma la mano izquierda, le voltea la palma hacia arriba, le coloca el libro en ella, luego se quita su anillo de plata que lleva en su mano izquierda y lo pone parado de canto sobre el libro.
“Camacho, en el menor tiempo posible, recorre el salón hasta el fondo y te vienes de regreso conmigo al frente.”
La clase se rie adivinando lo que a continuación va a ocurrir, el anillo va a rodar al piso en cuanto Camacho trote apresurado hacia el fondo del salón. Camacho se pone en marcha y, en efecto, el anillo rueda, por fortuna él lo atrapa en el aire y, sonriente regresa con el profesor y le entrega el libro y el anillo.
El profesor, juguetonamente, se lamenta en voz alta con su peculiar:
“Ay, ay, ay, ay.”
Y meneando la cabeza viendo al suelo señala a la guapa alumna a la que Camacho le está haciendo la corte.
“Frisia, ve tú, inténtalo.”
Ella se levanta sonriente de su pupitre. El profesor le coloca el libro, igualmente, pero ahora en su palma derecha hacia arriba, coloca de nuevo el anillo parado de canto en el centro y, también le repite a ella, que en el menor tiempo posible vaya al fondo del salón y regrese.
Y ahora, apenas al dar unos pasos veloces, el anillo en esta ocasión sí cae al suelo y rueda hasta chocar contra una pared. Una alumna lo recupera y se lo lleva al profesor.
“¡Ah! Pues simplemente no se puede profesor. Apenas uno camina y el anillo rueda. Uno tendría que ir muy despacio.”
Le comenta Ernst Schummer, el presidente de la clase, y el profesor, sacude violentamente su brazo derecho hacia él, pero se dirige a toda la clase.
“¡Yo no establecí un tiempo mínimo!, solamente dije que se hiciera el recorrido en el menor tiempo posible.”
“A ver, hágalo usted profesor.”
Schummer lo reta.
“¡Enseguida! ¡Ven Schummer! Colócame el libro con el anillo encima en la palma de la mano.”
Schummer se para y camina hacia el profesor, toma el libro y el anillo, que le son ofrecidos por el profesor. El profesor levanta su mano izquierda y Schummer le coloca el libro sobre la palma y el anillo lo para de canto en el centro del libro.
El profesor luego de esto, voltea a ver a Schummer, le sonríe, acuesta el anillo, y lo coloca bajo su pulgar izquierdo para sostenerlo, y a continuación sale caminando a paso veloz hacia el fondo del salón para luego regresar al frente.
Los alumnos protestan.
“¡Hizo trampa! ¡No se vale! ¿Por qué no equilibró el anillo?”
El profesor ejecuta una danza de la victoria y luego levanta sus brazos para silenciarlos.
“¡Hey! ¡hey! ¡hey! ¡silencio! Les acabó de dar una de las lecciones más importantes de sus vidas. Yo en ningún movento restringí el ejercicio a que, el anillo tuviera que estar pararo sobre su canto.
Si algo no está explícitamente prohibido ¿por qué no hacerlo? Y, no sigan ciegamente a las figuras de autoridad, sin cuestionarlas. ¿Qué tal si les están indicando hacer algo incorrecto o inmoral?
No entreguen alegremente sus cerebros a cualquiera.”
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