jueves, 30 de abril de 2015
Willy Wonka & The Chocolate Factory (1971) - The Candyman Song - Sammy D...
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APAGA LA TELEVISIÓN, NO PERMITAS QUE ASESINEN TU MENTE, MEJOR LEE UN LIBRO E INFÓRMATE EN LOS MEDIOS ALTERNATIVOS.
domingo, 26 de abril de 2015
Asesinato de Carácter
Es el primer día de trabajo de Mirna en la empresa: “Brillo Natural”, resulta que ella estaba desempleada y con mucho tiempo libre y, un día recogió el periódico “Voces”, un periódico gratuito catorcenal sobre anuncios clasificados, que pasan a arrojar a las casas de la colonia donde vive y, ella leyó que solicitaban capturistas en esta empresa de suplementos alimenticios, o sea “productos milagro.”
Mirna tiene conocimiento de primera mano sobre estos productos,y bien sabe que están lejos de ser un fraude, ya que su papá hace años tuvo una infección en la próstata que le provocó inflamación, micción continua y sangrado y él, viendo que la medicina recetada en el hospital estatal solo le reducía los síntomas sin curarlo, se le ocurrió preguntarle a una vecina, que él sabía se dedica a vender estos productos milagros, le preguntó si no tenía nada para la próstata y ella le recomendó el suplemento PX. Lo empezó a tomar y antes de dos semanas estaba totalmente curado.
Ahora Mirna reflexionó sobre algo que, coincidentalmente respecto a la empresa “Brillo Natural, su papá le comento, molesto contra el gobierno, tan solo hace unos días:
”La industria farmaceútica nos quiere clientes cautivos de sus medicinas paliativas que solo mantienen la enfermedad sin curarla. Tomé el PX para curarme de aquella infección en la próstata que tuve, y luego lo consumí por años para alejar problemas, para asegurar que la infección no regresara. Pero desagradablemente me encuentro que en el centro de distribución de Brillo Natural a donde acudía a comprarlo, me comunican que la Secretaría de Salud ha retirado este producto del mercado y lo califica de "producto milagro." ¿Puedes creerlo?”
Y al respecto Mirna le contestó:
“¡Ajá! La mafia farmaceútica local de seguro cabildeó para eliminar este suplemento por hacerles competencia y que uno acuda a sus medicamentos de miles de pesos de costo.”
“Sí de seguro es así”, él le contesta, y continúa:
“Y si los productos milagros solo curan por autosugestión, ¿por qué no les enseñan a los médicos métodos de autosugestión que el paciente pueda aprender, que adopte, para curarse?
“Porque el negocio está en la venta de farmacos caros y que muchas veces tienen efectos secundarios negativos.” Mirna le contesta y su papá asiente manifestando su coincidencia de opinión.
***
Mirna se encuentra en el interior de un cubículo, donde fue recibida por la subgerente de comercialización. A través de los grandes paneles de cristal entra la brillante luz del Sol, que ilumina un mediodía muy contaminado en Distrito Federal
“Mirna, ven para presentarte al grupo.” Le pide su jefa, una joven mujer apenas unos años mayor que ella.
“¡Hey atención!” Carmen, la jefa, obtiene la atención del grupo, unos se echan para atrás en sus sillones y otros se ponen de pie dentro de sus cubículos.
“Mirna se va a incorporar a nuestro equipo de trabajo y nos va ayudar con la captura de documentos. Y a veces con la captura de bases de información también.” Y continúa:
“Mirna, todos aquí somos nuy buena onda y vas a ver como pronto te vas a sentir parte de nuestra familia, después de todo aquí pasamos más horas que en nuestras casas. Y lo que se te ofrezca, no dudes en pedírselo a cualquiera de los muchachos.”
Y todos por atención se acercan a Mirna a saludarla, las chicas con saludo de beso tronado en el aire, y otros solo le dan la mano antes de regresar como autómatas a su trabajo.
A continuación Carmen le indica que cubículo va a ocupar. Podemos ver como le da una serie de indicaciones a Mirna, mientras ella, pasa un dedo por el polvo acumulado en el cubículo, acomoda su bolsa, y se sienta para encender su computadora.
Todo este intercambio, un joven que no se presentó con Mirna, lo ve, subrepticiamente, a unos cuatro cubículos de distancia y, enajenado con ella, Luis Gutiérrez, el nombre del joven, piensa que ella le parece muy bella persona.
***
Unos cuantos días después, un jueves por la mañana en las oficinas de Brillo Natural, Mirna mandó a imprimir un listado de productos, tarea que le fue solicitada por Carmen, pero el archivo simplemente no se imprime, la gran impresora solo se escucha trabajar, se iluminan sus entrañas, hace su característico timbre pero ¡no imprime nada! Ella ya checó la bandeja alimentadora de papél, el indicador del tóner, pero al considerar que todo está bién con la impresora esta situación solo la frustra.
Luis al notarla como ella está batallando, decide aproximarse para ayudarla, él piensa que de seguro hay un problema con la cola de impresión de documentos. No sin nerviosismo, se acerca a Mirna pero cuando está a punto de hablarle, Magali, una de las compañeras, como salida de la nada le dice a Mirna:
“Apriétale el botón Start y borra tu cola de impresión y manda de nuevo el archivo, ¡ah! y él es 'Gutierritos, es inofensivo no le hagas caso.'” Dice ella con una amplia sonrisa burlona.
Magali aprieta el botón Start, e igual como llegó, se fue, un auténtico tornado esta alegre joven; y Mirna regresa a su cubículo sin siquiera haberlo volteado a ver a Luis
***
Un par de meses después, es la convención de la empresa. Esta se lleva a cabo en el Centro de Convenciones del Banco Nacional. Esta es una instalación enorme, con docenas de salas, tres niveles de estacionamiento. En el atrio donde está la recepción, hay terminales para que uno consulte a dónde dirigirse.
Aquellos que no lo hacen así, pagan su omisión caminando hasta quince minutos si no es que más.
Luis, como es lo normal en él, llegó solo, y al registrarse le dieron un kit que consiste en una bolsita de nylon con un paquete de hilos, agujas, un jaboncito. Pero además, a él por ser “caballero”, le dieron un reloj, que aunque obviamente barato, sí luce bastante “caro”. Es hecho en color negro, pulsera de falsa piel y, analógico.
Él de inmediato piensa que va a hacer con éste, y eso lo ¡llena de emoción!
Mientras tanto, en el Salón Azul, se encuentran ya Mirna, Magali, y un par de compañeras, pertenecientes al área de contabilidad, escuchando una de las historias de Antonio, un compañero que presume de ser todo un conquistador, y por lo tanto se comporta con la arrogancia natural que ese tipo de hombres manifiesta.
“Si yo voy caminando por la calle con un papel en la mano y...” ¡Ni modos que por las paredes!” “Ah que graciosa Magali... Déjame continuar, antes de que pierda el hilo.” “Nos dieron un kit con una cajita de hilos...” Ella burlonamente lo interrumpe de nuevo.
“¡Magali! ¿Me dejas continuar?” Su enojo es falso y parte de la camaradería de ellos, “bueno como decia, si voy POR LA CALLE, y me encuentro un bote de basura que diga 'Basura Orgánica', ¡No lo voy a depositar ahí! Por que de eso se trata, de amaestrarnos, ¡de hacer un acto reflejo el separar la basura!
“Los papeles se depositan en la basura inorgánica ¿No?” Magali dice dirigiéndose a todos. “¿Ves?” Antonio le contesta, “aparte es confusa esta programación. El papel se obtiene de los árboles, por lo tanto es un desperdicio orgánico.” Ante lo cual, Mirna solo agrega, “¡Ey! Ya estoy confundida. Total cuando los de la basura se llevan los botes todo lo revuelven porque rompen las bolsas dentro del camión buscando separar los desperdicios que ellos luego llevan a vender.”
“Sí, puro adoctrinamiento verde que me enoja.” Dice Antonio haciendo un ademán de desprecio.
Y como también es otra de las características de Luis, él todo esto lo está viendo y escuchando apartado de ellos, sin integrarse al grupo.
***
Estas convenciones son muy cansadas, consumen cerca de diez horas, a lo largo de dos o tres días, al final de las mismas, lo que todos ya desean, es irse a sus casas a descansar, pero esta tiene la desventaja de haber concluido en domingo, y a las ocho de la noche.
Afuera del Salón Azul, mezclados los asistentes a la convención de Brillo Natural con los asistentes a un abierto de Taekwondo, que salen de otro de los salones, ya forman una multitud. Mirna se encuentra parada justo en medio de ésta, esperando a Magali que le dijo que iba ir rápido al tocador antes de irse juntas en el auto de ella. Mirna se queda pensando que le agradece mucho la oferta del “ride” a Magali, irse a esta hora en transporte público ya es peligroso.
Luis la estuvo vigilando al final de las actividades, y la siguió con la vista a Mirna hasta que ella se quedó sola en medio del gentío.
Mirna miraba ya desesperada su reloj de pulsera, ante la tardanza de Magali, y es cuando Luis se le acerca llevando en sus mano la caja del reloj que le obsequiaron como asistente a la convención.
“Hola, Mirna,” su voz débil y nerviosa, “quiero darte esto.”
Mirna, no puede disimular su cara de rechazo y piensa que, qué es lo que quiere “Gutierritos.” Instintivamente estira su mano para alcanzar la caja del reloj, pero de último momento no lo toma, es como si Luis le estuviera ofreciendo una cucaracha muerta.
En ese preciso momento llega Magali, que prácticamente sin voltear a verlo dice:
“Adios Gutierritos.” Mientras se lleva, empujandola amablemente por el hombro, a Mirna.
Luis se queda parado viendo como se aleja Mirna.
sábado, 25 de abril de 2015
World Record - Mount Everest AS350 B3 landing
On May 14th, 2005 at 7h08 (local time), a serial Ecureuil/AStar AS350 B3 piloted by the Airbus Helicopters X-test pilot Didier Delsalle, landed at 8,850 meters (29,035ft) on the top of the Mount Everest (Kingdom of Nepal).
viernes, 24 de abril de 2015
"UFO" FOOTPRINT IN MALTA?
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miércoles, 22 de abril de 2015
Lady Catches Glimpse of Other Realities and Dimensions on Film
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martes, 21 de abril de 2015
5 Best Moments From Star Wars Celebration Panel
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domingo, 19 de abril de 2015
ADOLF HITLER's Triumph of the Will (1935, 720p) - German w/ Eng Subtitles
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sábado, 18 de abril de 2015
The Original Sphinx ~ Anubis
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viernes, 17 de abril de 2015
jueves, 16 de abril de 2015
miércoles, 15 de abril de 2015
Extracto de las memorias de Gerhard Hohmann: "Los Lobatos"
Desde el momento en que entraron esa gente nueva al pueblo, casi todo mundo sentimos que algo estaba fuera de lo normal. Supongo que, en realidad, nadie pudiera haber dicho a ciencia cierta qué era lo que nos hizo sentir o pensar que las cosas no estaban como debieran estar, que estaban fuera de lo acostumbrado, o cuál pudiera ser la razón para que tuviéramos un presentimiento muy desagradable, como un presagio aterrador.
Prácticamente lo único diferente acerca de esa gente era que solamente unos ocho o diez hombres llevaban uniforme, todos de soldados rasos, mientras los demás, alrededor de unas treinta personas, estaban vestidos de civiles. A pesar de esa apariencia exterior de ser no combatientes, todos estaban armados hasta los dientes con dagas, bayonetas, pistolas de diversos calibres, y cada uno llevaba colgada de hombro o cuello a una metralleta Schmeisser. Lo peor de su apariencia visible, sin embargo, era aquella expresión cínica y de un desprecio abismal, que jamás dejó sus rostros crueles y duros.
La gran mayoría de ellos hablaba alemán, y era como si fueran alemanes nativos, oriundos de los estados alemanes vecinos de Schwaben, Baden o Würtemberg, mientras nosotros nos encontrábamos en el estado de Bayern, o sea, de Bavaria. Hasta entre ellos mismos se comunicaban en alemán, empleando en el proceso a muchos modismos e idiosincracias del alemán típico, en vez de hablar inglés, como habría de suponerse. Otro aspecto curioso era que esos civiles siempre se mantuvieron algo separados de los hombres uniformados, y que con ellos sí hablaban inglés, nunca alemán.
El jefe de toda esa pandilla, cuyo nombre y rango jamás conocimos, todavía relativamente joven, quizás de unos veinticinco años de edad, era un hombrecillo de mediana estatura, y muy delgado, para no decir flaco. Tenía una cara que parecía haber sido esculpida por un Danté, pero con un hacha y de madera dura, jamás se movía, ni mostraba emoción. Siempre parecía llevar una máscara, lease expresión, cínica y miserable, como a punto de vomitar, o por lo menos escupir.
Con todo mundo, incluyendo en ello a sus propios hombres, se comunicaba solamente a base de gritos desafinados, como si estuviera sufriendo bajo un constante dolor incontenible, o como si continuamente estuviera regañando a la gente con quienes hablaba. Los Lobatos le tuvimos miedo desde el primer momento que lo vimos, o mejor dicho, no era miedo lo que sentimos ante él, sino pavor. A pesar de aquellas sensaciones desagradables, específicamente en el área del plexo solar, acordamos todos que, si ese jefazo insistía en buscarse problemas, particularmente en lo concerniente a nosotros, estuviéramos dispuestos a ayudarlos y con todo gusto podríamos asegurar que los hallara bien pronto.
Apenas dos días después de que tomamos esa determinación, o sea, cinco días después de la salida de nuestros amigos, y el arribo de esa pandilla, más o menos a las dos de la tarde del día dos de agosto, esos canallas entraron en todas las casas, abriendo las puertas a patadas, o a golpes de las culatas de sus armas. Toda persona encontrada, ancianos, mujeres, y niños, fueron llevados al mercado, en el centro del pueblo, a punto de bayoneta calada. Cuando por alguna razón alguien se caía, lo hacían levantarse por medio de puntapiés. Por supuesto todo mundo tuvo mucho miedo, o por lo menos se encontraba sumamente nervioso. Ese tipo de tratamiento llevaba presagios muy siniestros.
Cuando mi familia y yo llegamos al área del mercado ya se hallaba mucha gente ahí y el número aumentaba con cada minuto. Por ninguna parte pudimos ver a los soldados uniformados mientras nos amontonaron en un área relativamente pequeña, detrás de dos camiones. En la parte trasera de uno de esos vehículos vimos al jefazo, caminando y paseándose de un lado a otro como un tigre en una jaula. En una mano llevaba un delgado bastón con el cual de vez en cuando pegaba salvajemente a cualquier cosa que se le encontraba en frente.
Al fin uno de sus hombres se le acercó para reportarle que todo mundo ya estaba presente.
Con los movimientos de un muñeco de madera, y con una carota para espantarse, dió vuelta para mirarnos unos momentos con un gesto de disgusto total. Al fin comenzó a hablar de una manera que nos hizo pensar que estaba loco de remate. Nos dijo que éramos la hez más sucia bajo el sol y que ni siquiera se nos debería de considerar como pertenecientes a la humanidad, simplemente porque éramos alemanes, y por la sencilla razón que él sentía que nos lo merecíamos. Además, gritaba, se había propuesto limpiar la cara de la tierra de nuestros cadáveres viles y hediondos, cosa que había jurado ante todos los demonios, y así lo iba a hacer cuando se le diera la gana.
"¡Ustedes opusieron resistencia armada a la invasión pacífica del pueblo americano!" Se babeaba sobre la camisa al gritar. "¡Ustedes mataron y mutilaron a los pobres e indefensos jovenes soldados, la flor y nata de la población americana, que vinieron con los brazos abiertos para liberarlos y traerles paz! ¡Animales que son! ¡Bestias! Me lo van a pagar muy caro y con mucho interés. Los voy a hacer querer morir sin que puedan lograrlo. Me pagarán sus bestialidades como se merecen unos animales estúpidos y apestosos, tal y como lo son. Los voy a hacer sufrir como nadie ha sufrido en la historia de la humanidad. Aquí estableceremos un ejemplo claro y glorioso de lo que se debe hacer con la clase de bestias que son."
Nos maldecía y condenaba algún tiempo más.
Nos hizo pedazos hasta que comenzamos a pensar que todo aquello era únicamente una broma pesada. Al rato alguna gente empezó a reirse a carcajadas.
Dios mío, como se enfureció. A una señal suya sus hombres seleccionaron a toda la gente que se estaban riendo abiertamente. A jalones y empujones los alinearon frente a él, delante de nosotros. Eran quince, los seleccionados, trece viejitos y dos mujeres jovenes.
El jefazo se bajó del camión prácticamente escupiendo espuma de rabia. Faltaba poco para que se cayera de espaldas a causa de su salto y de su furia. Eso nuevamente provocó risas. Con los brincos de un demente se acercó a los seleccionados mientras desenfundaba su arma.
"¿Por qué?" su voz se quebraba en un chillido de furia desenfrenada. "¿Por qué? ¿Por qué se están riendo de mi? ¡Cerdos! ¡Viles y sucios cerdos! ¡Puercos alemanes! " "¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?"
Ese último ¿Por qué? Sonó como el chillido de un puerco dolido. Encogido como un animal salvaje, listo para atacar a su presa, se acercó a un señor que todavía estaba riéndose. Me di cuenta que era Herr Schmitz. El jefazo saltaba de una manera que parecía improbable, primero únicamente de lado a lado, pero al fin dió un brinco enorme hacia su adversario como si quisiera atacarlo físicamente, con la cabeza encogida entre los hombros como una auténtica bestia salvaje. Con la mueca de un loco se paró a unos seguros dos metros de distancia frente al anciano, para preguntarle a gritos:
"¿Por qué, cerdo, por qué te estás riendo de mi?"
En voz alta, y sin temor alguno, el anciano le contestó:
"Te estás comportando como un idiota, sin sentido o lógica, y eso frente a toda la gente. En vez de impresionarlos como debieras, solamente estás haciendo el ridículo. ¿No tienes vergüenza alguna? Además, con respecto a eso del cerdo, me pregunto quién de veras lo es."
Durante algunos momentos se me hizo como si el otro explotara en cualquier momento. Su cara, su cuello, todo se hinchaba y enrojecía en forma alarmante. La expresión de su cara era la de un niño idiota, con baba cayéndosele de la boca. Lentamente, como si pesara mucho, levantó el arma, le apuntó al valeroso viejito directamente entre los ojos, y cuando aquél ni siquiera se movió, le disparó en plena cara.
Antes de que el cadáver del valeroso anciano terminara de derrumbarse, su asesino había expirado también. Max, quien se encontraba un poco detrás y hacia un lado del señor Schmitz, emprendió carrera cuando aquella bestia levantó su arma, y con un salto enorme lo alcanzó con una patada en el cuello, demasiado tarde para poder evitar el asesinato, pero justamente a tiempo para que ese animal pudiera elevar la vista desde donde caía su víctima. Sus ojos malévolos se abrieron de terror al ver lo que venía hacia él, y entonces el pie de Max se le incrustó algo a un lado, y debajo del mentón. Su cabeza resultó sacudida hacia atrás como si fuera a desprenderse completamente del cuerpo. Cuando se desplomó tenía la cara torcida hacia atrás, casi hasta la espalda.
Desgraciadamente Max no logró sobrevivir a su acto justiciero por más de una fracción de segundo. Uno de los compinches, o guardaespaldas, del jefazo eliminado, levantó su rifle con la bayoneta calada en lo que probablemente era solo un reflejo defensivo. Con el ímpetu de su salto Max se lo clavó en pleno plexo solar, con la punta emergiéndole por la espalda.
En menos de un minuto más todo el área del mercado se había convertido en un verdadero infierno. Mucha gente, sin importarles que los integrantes de esa pandilla estuvieran armados y ellos no, los atacaron con puños, puntapies y a pedradas. Les quitaron las armas para usarlas entonces en contra de los demás. Aunque muchos murieron en el ataque inicial, sobraron los suficientes para que, con una furia incontenible y aterradora a la vez, los abrumaran, los abatieran, y los mataran literalmente despedazándolos o desmembrándolos.
En no más de cinco o seis minutos todo ya había terminado. Los gritos espeluznantes de odio y angustia, de terror y dolor, comenzaron a desvanecerse. El mercado parecía un enorme matadero, un terrible campo de batalla donde no se había pedido ni concedido cuartel o perdón.
Prácticamente lo único diferente acerca de esa gente era que solamente unos ocho o diez hombres llevaban uniforme, todos de soldados rasos, mientras los demás, alrededor de unas treinta personas, estaban vestidos de civiles. A pesar de esa apariencia exterior de ser no combatientes, todos estaban armados hasta los dientes con dagas, bayonetas, pistolas de diversos calibres, y cada uno llevaba colgada de hombro o cuello a una metralleta Schmeisser. Lo peor de su apariencia visible, sin embargo, era aquella expresión cínica y de un desprecio abismal, que jamás dejó sus rostros crueles y duros.
La gran mayoría de ellos hablaba alemán, y era como si fueran alemanes nativos, oriundos de los estados alemanes vecinos de Schwaben, Baden o Würtemberg, mientras nosotros nos encontrábamos en el estado de Bayern, o sea, de Bavaria. Hasta entre ellos mismos se comunicaban en alemán, empleando en el proceso a muchos modismos e idiosincracias del alemán típico, en vez de hablar inglés, como habría de suponerse. Otro aspecto curioso era que esos civiles siempre se mantuvieron algo separados de los hombres uniformados, y que con ellos sí hablaban inglés, nunca alemán.
El jefe de toda esa pandilla, cuyo nombre y rango jamás conocimos, todavía relativamente joven, quizás de unos veinticinco años de edad, era un hombrecillo de mediana estatura, y muy delgado, para no decir flaco. Tenía una cara que parecía haber sido esculpida por un Danté, pero con un hacha y de madera dura, jamás se movía, ni mostraba emoción. Siempre parecía llevar una máscara, lease expresión, cínica y miserable, como a punto de vomitar, o por lo menos escupir.
Con todo mundo, incluyendo en ello a sus propios hombres, se comunicaba solamente a base de gritos desafinados, como si estuviera sufriendo bajo un constante dolor incontenible, o como si continuamente estuviera regañando a la gente con quienes hablaba. Los Lobatos le tuvimos miedo desde el primer momento que lo vimos, o mejor dicho, no era miedo lo que sentimos ante él, sino pavor. A pesar de aquellas sensaciones desagradables, específicamente en el área del plexo solar, acordamos todos que, si ese jefazo insistía en buscarse problemas, particularmente en lo concerniente a nosotros, estuviéramos dispuestos a ayudarlos y con todo gusto podríamos asegurar que los hallara bien pronto.
Apenas dos días después de que tomamos esa determinación, o sea, cinco días después de la salida de nuestros amigos, y el arribo de esa pandilla, más o menos a las dos de la tarde del día dos de agosto, esos canallas entraron en todas las casas, abriendo las puertas a patadas, o a golpes de las culatas de sus armas. Toda persona encontrada, ancianos, mujeres, y niños, fueron llevados al mercado, en el centro del pueblo, a punto de bayoneta calada. Cuando por alguna razón alguien se caía, lo hacían levantarse por medio de puntapiés. Por supuesto todo mundo tuvo mucho miedo, o por lo menos se encontraba sumamente nervioso. Ese tipo de tratamiento llevaba presagios muy siniestros.
Cuando mi familia y yo llegamos al área del mercado ya se hallaba mucha gente ahí y el número aumentaba con cada minuto. Por ninguna parte pudimos ver a los soldados uniformados mientras nos amontonaron en un área relativamente pequeña, detrás de dos camiones. En la parte trasera de uno de esos vehículos vimos al jefazo, caminando y paseándose de un lado a otro como un tigre en una jaula. En una mano llevaba un delgado bastón con el cual de vez en cuando pegaba salvajemente a cualquier cosa que se le encontraba en frente.
Al fin uno de sus hombres se le acercó para reportarle que todo mundo ya estaba presente.
Con los movimientos de un muñeco de madera, y con una carota para espantarse, dió vuelta para mirarnos unos momentos con un gesto de disgusto total. Al fin comenzó a hablar de una manera que nos hizo pensar que estaba loco de remate. Nos dijo que éramos la hez más sucia bajo el sol y que ni siquiera se nos debería de considerar como pertenecientes a la humanidad, simplemente porque éramos alemanes, y por la sencilla razón que él sentía que nos lo merecíamos. Además, gritaba, se había propuesto limpiar la cara de la tierra de nuestros cadáveres viles y hediondos, cosa que había jurado ante todos los demonios, y así lo iba a hacer cuando se le diera la gana.
"¡Ustedes opusieron resistencia armada a la invasión pacífica del pueblo americano!" Se babeaba sobre la camisa al gritar. "¡Ustedes mataron y mutilaron a los pobres e indefensos jovenes soldados, la flor y nata de la población americana, que vinieron con los brazos abiertos para liberarlos y traerles paz! ¡Animales que son! ¡Bestias! Me lo van a pagar muy caro y con mucho interés. Los voy a hacer querer morir sin que puedan lograrlo. Me pagarán sus bestialidades como se merecen unos animales estúpidos y apestosos, tal y como lo son. Los voy a hacer sufrir como nadie ha sufrido en la historia de la humanidad. Aquí estableceremos un ejemplo claro y glorioso de lo que se debe hacer con la clase de bestias que son."
Nos maldecía y condenaba algún tiempo más.
Nos hizo pedazos hasta que comenzamos a pensar que todo aquello era únicamente una broma pesada. Al rato alguna gente empezó a reirse a carcajadas.
Dios mío, como se enfureció. A una señal suya sus hombres seleccionaron a toda la gente que se estaban riendo abiertamente. A jalones y empujones los alinearon frente a él, delante de nosotros. Eran quince, los seleccionados, trece viejitos y dos mujeres jovenes.
El jefazo se bajó del camión prácticamente escupiendo espuma de rabia. Faltaba poco para que se cayera de espaldas a causa de su salto y de su furia. Eso nuevamente provocó risas. Con los brincos de un demente se acercó a los seleccionados mientras desenfundaba su arma.
"¿Por qué?" su voz se quebraba en un chillido de furia desenfrenada. "¿Por qué? ¿Por qué se están riendo de mi? ¡Cerdos! ¡Viles y sucios cerdos! ¡Puercos alemanes! " "¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?"
Ese último ¿Por qué? Sonó como el chillido de un puerco dolido. Encogido como un animal salvaje, listo para atacar a su presa, se acercó a un señor que todavía estaba riéndose. Me di cuenta que era Herr Schmitz. El jefazo saltaba de una manera que parecía improbable, primero únicamente de lado a lado, pero al fin dió un brinco enorme hacia su adversario como si quisiera atacarlo físicamente, con la cabeza encogida entre los hombros como una auténtica bestia salvaje. Con la mueca de un loco se paró a unos seguros dos metros de distancia frente al anciano, para preguntarle a gritos:
"¿Por qué, cerdo, por qué te estás riendo de mi?"
En voz alta, y sin temor alguno, el anciano le contestó:
"Te estás comportando como un idiota, sin sentido o lógica, y eso frente a toda la gente. En vez de impresionarlos como debieras, solamente estás haciendo el ridículo. ¿No tienes vergüenza alguna? Además, con respecto a eso del cerdo, me pregunto quién de veras lo es."
Durante algunos momentos se me hizo como si el otro explotara en cualquier momento. Su cara, su cuello, todo se hinchaba y enrojecía en forma alarmante. La expresión de su cara era la de un niño idiota, con baba cayéndosele de la boca. Lentamente, como si pesara mucho, levantó el arma, le apuntó al valeroso viejito directamente entre los ojos, y cuando aquél ni siquiera se movió, le disparó en plena cara.
Antes de que el cadáver del valeroso anciano terminara de derrumbarse, su asesino había expirado también. Max, quien se encontraba un poco detrás y hacia un lado del señor Schmitz, emprendió carrera cuando aquella bestia levantó su arma, y con un salto enorme lo alcanzó con una patada en el cuello, demasiado tarde para poder evitar el asesinato, pero justamente a tiempo para que ese animal pudiera elevar la vista desde donde caía su víctima. Sus ojos malévolos se abrieron de terror al ver lo que venía hacia él, y entonces el pie de Max se le incrustó algo a un lado, y debajo del mentón. Su cabeza resultó sacudida hacia atrás como si fuera a desprenderse completamente del cuerpo. Cuando se desplomó tenía la cara torcida hacia atrás, casi hasta la espalda.
Desgraciadamente Max no logró sobrevivir a su acto justiciero por más de una fracción de segundo. Uno de los compinches, o guardaespaldas, del jefazo eliminado, levantó su rifle con la bayoneta calada en lo que probablemente era solo un reflejo defensivo. Con el ímpetu de su salto Max se lo clavó en pleno plexo solar, con la punta emergiéndole por la espalda.
En menos de un minuto más todo el área del mercado se había convertido en un verdadero infierno. Mucha gente, sin importarles que los integrantes de esa pandilla estuvieran armados y ellos no, los atacaron con puños, puntapies y a pedradas. Les quitaron las armas para usarlas entonces en contra de los demás. Aunque muchos murieron en el ataque inicial, sobraron los suficientes para que, con una furia incontenible y aterradora a la vez, los abrumaran, los abatieran, y los mataran literalmente despedazándolos o desmembrándolos.
En no más de cinco o seis minutos todo ya había terminado. Los gritos espeluznantes de odio y angustia, de terror y dolor, comenzaron a desvanecerse. El mercado parecía un enorme matadero, un terrible campo de batalla donde no se había pedido ni concedido cuartel o perdón.
lunes, 13 de abril de 2015
RIP Günter Grass, scene from the movie adaptation to: The Tin Drum
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