sábado, 7 de octubre de 2017

Arrebatado, parte 22

César y Lumila viajan a bordo de un camión de trasnporte público. Han tenido que ir prácticamente , saltando de línea de transporte público en línea, para abandonar Ciudad Capital. El tomar un autobús en la central de autobuses los hubiera llevado directo a las manos de los agentes de la administración planetaria espacial.

El camión se detiene en lo que a César le parece una vil villa. Una docena de vendedores se acercan con canastas a las ventanas del camión. Son lugareños ofreciendo lunches, bebidas y comida chatarra diversa.

“Lumila, mira abandonemos aquí el camión. Me parece un lugar excelente para perder el rastro.”

Se bajan del camión, el conductor, uniformado y presentable, pero cansado por el viaje no les dice nada. Total, boleto pagado, es todo lo que a él, como representante de su emprea, le interesa.

Caminan hasta la fonda, que se encuentra casi vacía, la idea de los dueños es que los pasajeros de los camiones y autobuses se bajen aquí a comer. Tal vez el próximo camión sí deje que sus pasajeros bajen a departir tranquilamente.

César se queda viendo hacia el interior del restaurante, inmóvil por varios segundos. Lumila, sumamente asustada, hablándole pegada a su espalda, le susurra al oído:

“César ¿y ahora qué hacemos?”

Eso mismo se pregunta él. Llevan más de un día deambulando en camiones por las afueras de Ciudad Capital.

César la toma por el antebrazo y la guía hacia afuera del restaurante.

“Cuando recién me encontraste, ¿qué es lo que le decías a la gente que yo era? ¿Un naturista de las montañas? Me pregunto, si no hay una de esas comunidades aquí cerca de esta población.”

Lumila, cuyo estado mental ahora parece ser el de: permanentemente asustada, le contesta con voz entrecortada y apenas audible.

“No se, esa gente a veces se acerca a las ciudades a vender sus productos de granja y, muchos de sus jovenes escapan temporalmente para conocer la vida moderna.”

“OK, tomemos, mmm, ese camino, está cubierto por árboles que siquiera nos protegerán del sol mientras caminemos. ”

“¿Por qué este camino?” “Cualquiera es bueno Lumila, y si, si quieres llegar a algún lado, debes de ponerte en camino.”

***

Luego de caminar cerca de cuarenta minutos, César y Lumila llegan a una finca, rodeada de gigantescos robles. En medio del terreno se puede ver una hermosa casa que luce similar a la arquitectura norteamericana de finales del siglo XIX, esto es, construída en madera, con un pórtico, techo partido de dos aguas, dos plantas. La casa está pintada en color blanco y encima del pórtico se levanta una alta torre campanario. Pequeña, pero todo esto en su conjunto, le da cierto aire a templo cristiano. César y Lumila fascinados por esta hermosa casa, se acercan hasta la puerta principal. No hay una cerca que delimite la propiedad privada, ni señales de advertencia a extraños.

Suben unos cuantos escalones hasta la puerta, que se halla abierta, pero protegida con una puerta mosquitero y ahora pueden escuchar música procedente de un viejo gramófono.

“¿Hola? ¿perdón? No es nuesra intención invadir ni ser inoportunos. ¿hola?”

“¡Voooy!, ¡vooooy!” Les contesta una voz cansada y trémula, la voz de una anciana.

Desde el interior ven acercarse lentamente a una anciana de cabello blanco, su rostro deformado por la falta de dientes, pero con un gesto de amabilidad.

Ella viste como todas las ancianas, y encima de sus ropas el esperado delantal, manchado de pintura acrílica, señal de que a ella le gusta dedicarse a las artesanías.

“¿Qué se les ofrece? Si vienen en son de paz son bienvenidos, pero si tienen intenciones malignas hacia mi, les advierto que esta casa está protegida por armas de fuego.”

“Mmm, no se apure señora, venimos en paz. Sabe, mi amiga y yo andamos buscando trabajo...”

Lumila le da un pisotón, bastante fuerte a César, como castigo por haber mencionado que buscan trabajo.

César se disculpa con la anciana.

“Por favor discúlpeme señora, hay algo que necesito mencionarle a Lumila, mi amiga, ahorita regresamos.”

Y a continuación se la lleva, bajando del pórtico a varios metros de distancia de la puerta de la casa. Cuando César considera que están lo suficientemente alejados de la agradable anciana le menciona a Lumila en voz baja de todas maneras.

“Lumila, este lugar es nuestra única esperanza en este momento. Ya no tenemos fondos en los tatuajes interactivos, estamos en medio del campo, quién sabe que tan lejos esté la próxima ranchería. No tenemos a dónde ir. Y en cuanto lleguemos a la próxima ciudad ¡la que sea! Nos van a estar esperando los agentes de la administración planetaria para matarnos enseguida.”

Ella se lo queda viendo y antes de que pueda articular nada, César la guía por el codo de regreso con la anciana, quien espera en la puerta de su casa.

“Y bien, ¿qué tanto misterio se traen ustedes dos?”
“Perdónenos señora, pasa que mi amiga no está tan segura de que aquí sea un lugar adecuado para buscar trabajo.”
“Mmm. Verá joven, ayuda sí necesito, pero pagarla, no puedo. Soy una viuda pensionada sin hijos y apenas y me alcanza para mantenerme a mi misma.”
“Señora, que le parece si… Cuidamos de usted, nos encargamos de mantener su propiedad, cuidar sus animales; Lumila aquí le puede cocinar, y lo demás que se ofrezca y, usted a cambio, nos da techo.” “Pero, ¿así nada más joven? Es riesgoso para mi. No se quiénes son ustedes.”
“Supongo que tiene razón señora. Bueno… procedemos a retirarnos.”

César gira a Lumila y caminan bajando las escaleras. La amable anciana les grita a sus espaldas.

“¡Esperen! ¿Qué les parecería estar unos días a prueba? Para ver si la relación nos es mutuamente beneficiosa.”

César y Lumila se voltean a ver y, César sin esperar a la opinión de ella, se apresura subiendo las escaleras del pórtico y le extiende su mano a la anciana.

“Le agradecemos mucho señora. Le aseguro que no se va a arrepentir. Mi nombre es César Lacroix y ella es Lumila Tusiva.”

“¡Mucho gusto! Yo soy la señora Andreia Isort. Vengan síganme. Hace hasta todavía un par de años yo rentaba cuartos para huéspedes. Pero la nueva carretera de cuota a Ciudad Capital provocó que toda esta zona al sur quedara en el abandono. Ya nadie pasa por aquí.

¿Son pareja? Porque les puedo dar una habitación juntos o, si gustan, separados.”

“¡Separados por favor!” Lumila le contesta asustada. César sonriente ante la reacción de ella le comenta a la señora Isort.

“Solo somos amigos.”

Mientras caminan por el interior de la casa, César se maravilla ante las cosas que ve. Esta casa tuvo su momento de gloria y explendor, tal vez hace cosa de un siglo. Todos los objetos, limpios, bien cuidadados y bellos, parecen recién salidos de la fábrica. Pero al mismo tiempo, son antiguos.

***

César y Lumila se han adaptado muy bien a su nueva vida de trabajadores en la propiedad de la señora Andreia Isort. Cada día, al terminar sus labores, se sientan en la sala junto a ella. La vieja dama ha encontrado sumamente reconfortante la compañía de ellos dos y hasta, renació en ella el gusto por cocinar galletas, pasteles y postres diversos. César y Lumila le han caído como una inyección de vida.

Y la señora Isort siempre tiene relatos de su juventud que contar cuando se sientan a tomar el té y a comer las galletas por ella preparadas; y hasta César y Lumila han empezado a participar con relatos propios.

“Y mi papá espantó las babosas que se habían arremolinado en torno a mi debido a que les di migajas de pan.”

Lumila, ya más abierta, concluye su relato de una vez que, cuando niña, fue asustada por las babosas.

“¡Qué cosa tan horribles esas babosas! Cuando llegué aquí, fue de las cosas que más me impresionaron.”

“¿Cómo, acaso no las hay en todo el mundo?”

La señora Isort cuestiona a César, extrañada por su afirmación. Pero antes de que él pueda contestar algo, Lumila interviene.

“César procede de una comuna naturista. Y en la misma las combatían fumigándolas, por eso él apenas y las conocía cuando niño.”

La señora Isort se queda callada ante la inconsistencia de que naturistas usen pesticidas en su comuna. Ella decide romper el incómodo silencio que cayó.

“Bueno”, la señora Isort finalmente habla, “cuando yo era niña había babosas gigantescas; que para bien o para mal ya se han extinguido. No dudo que en las zonas remotas del mundo aún existan.

Cuando era niña...”

Y en este punto César hace un amigable aullido de burla amistoso; que ella así lo interpreta.

“Sí, literalmente ya pasó una eternidad. Cuando yo era niña, ésta, la propiedad familiar, estaba en medio de la nada. Había que conducir más de una hora para llegar a la ruta, que incluso en ese entonces era de terracería.

Mi papá me había regalado tres borreguitos, a lo largo de un par de años. Así que Monkey, Mickey y Archi, en orden de edad, eran de distintos tamaños, del más grande al chiquito.

Siempre andaba con ellos, para arriba y para abajo. Los quería mucho a los tres. Yo me encariñé particularmente con Mickey, el de en medio. Y ese sentimiento me hacía sentir culpa. Ya que durante un tiempo, Monkey, fue mi único borreguito y él me quería mucho.

Un día que ellos me acompañaban en la cerca de madera. Yo estaba arrancando espigas de pasto y jugaba con ellas. Cuando de repente, escucho el aleteo más increíble que haya escuchado en mi vida. Me quedé pasmada al ver a la gigantesca babosa que se paró sobre la cerca; era tan grande como yo.

A mi me pareció que su cabeza solo era puro pico, así de grande lo tenía, no recuero haberle visto ojos. Mis inocentes borreguitos seguían tranquilamente comiendo yerba al pie de la cerca, sin darse cuenta del peligro. Esta babosa baja su cabeza, estudiando a los borreguitos, yo pensaba, '¡que no se lleve a Mickey!, ¡que no se lleve a Mickey!'

Y de un salto, cae sobre Monkey e inmediatamente, se eleva por los aires, con él en sus garras, perdiéndose de vista en las alturas. No voló a la distancia, ¡no! Se fue ¡hacia arriba! Se volvieron un minísculo punto y ya no los pude ver.”

La señora Isort se levanta de su sillón, limpiándose una lágrima que le escurre del ojo derecho. Levanta la charola de plata con el servicio de té y se va a la cocina.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

miércoles, 6 de septiembre de 2017

viernes, 1 de septiembre de 2017

Arrebatado, parte 21

César y Lumila se han refugiado en una nave industrial. Pueden escuchar el intenso sonido del rotor de un helicóptero de la policía que no les ha perdido el rastro en su huida a través de la zona.

“¡Sin duda tiene visión térmica y por eso no lo podemos perder! Lumila, cuando veníamos corriendo hacia aquí, pude ver que tras este edificio pasa un río. Tengo una idea. Huyamos en esa dirección y saltemos al agua.”

Lumila solo se lo queda viendo, con los ojos muy abiertos, en shock por lo experimentado desde esta tarde y ahora el ser objeto de una persecución, como si ellos fueran ratones. En su posición, de cuclillas en el suelo, y recargados contra contenedores, César tiene que sacudirla para que ella reaccione. Y gritando para hacerse escuchar contra el ruido de la aeronave:

“¡Hey! ¡Lumila! Tranquila, si perdemos la concentración estaremos definitivamente perdidos.”

César ahora escucha una disminución en el timbre del rotor del helicóptero.

“¡Se elevan! Tal vez están señalando así su posición a fuerzas de tierra. Lumila, escúchame con atención, a la de tres, salimos corriendo, rodeamos el edificio, corremos hasta el canal y, saltamos al agua. ¿Entendido?”

Lumila sigue pasmada, ida.

“Está bien, ahí va, ¡uno! ¡dos! ¡TRES!”

César jala a Lumila de la muñeca derecha, con un fuerte empujón abre la gran puerta de la nave industrial y a señas le indica a Lumila que dirección tomar. Tienen suerte, él voltea al cielo y ve que el helicóptero ahora está a gran altura. César ya nota cercano el borde del canal y al mismo tiempo que salta, cierra los ojos y aguanta la respiración.

Lumila, está muy asustada como para poder gritar. Un intento de grito se le atora en la garganta y un gesto de terror se le dibuja en el rostro.

Ella se hunde con los ojos y la boca abierta, al emerger, ella siente una repugnancia absoluta, ¡es agua hedionda! Y ahora en su mente se atropellan sentimientos de asco, vergüenza, repugnancia.

Por fortuna el canal no es profundo; ahora Lumila está temblando de frío. César le señala un lugar en el banco del canal, no muy lejano.

“¡Mira! Bajo ese puente vehicular podermos fácilmente escalar hacia la superficie. Apúrate antes de que nos localice el helicóptero.”

César escala con facilidad el no muy alto banco, jalando tras de sí a Lumila. Al llegar al nivel de la calle, él puede darse cuenta que se hallan precisamente donde termina el distrito industrial; de un lado del canal hay naves industriales, fábricas y bodegas, del otro lado: casas y bajos edificios de apartamentos.

“Mira Lumila, ¿ves esa caseta de vigilancia? Por lo general siempre están ocupadas por guardias de seguridad privada; es poco probable que las fuerzas de seguridad se hallan comunicado con la seguridad privada de este vecindario, alertándolos de nuestra búsqueda. Acerquémosnos a pedirle ayuda.”

Lumila, tiembla de frío violentamente, y se frota ella misma, César al darse cuenta le frota la espalda, los brazos. Lumila se siente tan mal que, no tiene tiempo de darle connotación sexual a los frotamientos que César le hace. En cualquier otro día ella se hubiera sentido sumamente emocionada.

Al fin llegan a la caseta y, pueden ver a un guardia delgado, moreno y canoso dormido, recargado contra uno de los cristales. Frente a él hay un monitor que despliega la imágen procedente de nueve cámaras de circuito cerrado; todas mostrando una noche tranquila.

César le toca al cristal, tiene que insistir porque el guardia está profundamente dormido. Cuando finalmente se despierta, pasan varios segundos mientras éste conecta su cerebro y recuerda dónde está y qué está haciendo.

“Oiga buen hombre, ¿puede ayudarnos? ”
“¿Qué? ¿qué? ¿qué les pasa?”
“Mire, mi compañera y yo veníamos de regreso de la planta cuando, ella resbaló al fondo del canal y yo tuve que meterme para ayudarla a salir. Necesitamos bañarnos, cambiarnos.”

Mostrando la característica suspicacia de la gente pobre, el guardia privado le responde.

“A ver, si venían caminando de regreso de su trabajo de la planta, es porque su lugar de residencia no puede estar muy lejos de la zona industrial, ¿por qué no caminan hasta su casa de una buena vez?”

“Mire amigo, ¿cómo se llama?”
“Engie Tamon”
“Mire Engie, ¿no ve como mi amiga está al punto de la hipotermia? Necesitamos urgentemente ayuda.”

Engie se lo queda viendo y, la empatía que la súplica de César le causa le mueve a actuar.

“Mire, en la planta baja de ese edificio de enfrente, mis compañeros y yo tenemos asignado un departamento para descansar, cocinarnos, usar el baño, etc. Los voy a llevar pero, no pueden permanecer más que esta noche, al amanecer tienen que marcharse.”

“¡Muchas gracias Engie! No sabe como le vamos a estar agradecidos.”

Engie se agacha bajo la superficie sobre la que está el monitor y saca un llavero que contiene docenas de llaves distintas.

“¡Vamos rápido!”

Les dice, y desplegando una gran memoria, con la primera llave que toma, le echa llave a la caseta de vigilancia. Y se adelanta a César y Lumila mostrándoles el camino. Llegan ante un pequeño edificio de tres niveles.

Una vez más, y casualmente, mostrando su prodigiosa memoria, con la primera llave que coge del llavero, abre la reja de entrada. César puede darse cuenta que la gente de Ciudad Capital goza de un mayor nivel económico. La planta baja del edificio es el garage y él puede ver seis vehículos, nuevos y bastante bonitos.

“Síganme, al fondo se encuentra el departamento que los guardias de seguridad tenemos asignado.”

Y César una vez más se queda fascinado, como a la primera, la llave cogida por Engie abre la puerta del departamento.

“¡Entren! ¡entren! Hay un cuarto de lavado con secadora. Pueden comer algo, claro, siempre y cuando lo paguen.”

“No se apure amigo Engie, y, ¿dónde está el baño?”
“Es esa puerta al fondo.”

Engie camina hacia una puerta metálica, con cristales en la parte superior, y la abre.

“Aquí, en el patio trasero, está la lavadora y la secadora. El patio está techado, pueden esperar cómodamente, cubiertos en toalla mientras su ropa está lista.”

Escuchan que Lumila sale corriendo y luego, la puerta del baño cerrarse de golpe.

“Que bueno que se apuró a meterse a bañar, así mojada ya se estaba poniendo muy mal.” César le comenta al guardia Engie.

Después de varios minutos, en los que a César incluso se le pasó el frío y apenas y notaba lo apestoso de sus ropas, él estaba charlando amenamente con Engie sobre la familia de este último, y entonces escuchan un grito que los hace sobresaltarse. Se trata de Lumila, quien sale, apenas cubierta por una toalla, debido al gran tamaño de ella.

“¡No me vean! ¡no me vean!”
“Lumila, tranquila. Mira, en la lavadora Engie ya nos hizo el favor de ponernos detergente y suavizante.”

Lumila pasa corriendo, aterrorizada, frente a César y Engie, en dirección al cuarto de lavado.

“Bueno, tiene razón, está casi desnuda. Engie ahora es mi turno de irme a bañar. Por cierto, no vayas a intentar nada contra ella.”

“¡Por favor César! ¿por quién me toma? No soy ese tipo de hombres.”

Engie, decide mejor retirarse a la caseta de vigilancia, para evitar cualquier tipo de malentendido.

Horas después, ya en la madrugada, César y Lumila están sentados en la mesa de la cocina, tomando crafté. Ya bañados, recuperados del frío y sus ropas lavadas y secas.

En el monitor, César aburrido le cambió a todos los canales. Por lo visto aquí en este mundo, también de madrugada transmiten películas viejas y desconocidas que son verdaderas joyas. A César le cautivó una película de jovenes en un salón de clases. El profesor al que le estaban faltando el respeto, un hombre de aspecto hispano como César, impone su autoridad en cuanto se pone serio, y los alumnos, como consecuencia, se quedan expectantes.

“¡A ver clase! ¡Silencio! ¡Martínez! ¡Cállate! Vamos a hacer un ejercicio para demostrarles los peligros de no cuestionar a la autoridad”

El profesor de la película toma un gran toma un libro y le ordena a uno de sus alumnos:

“¡Camacho! Pasa al frente.”

El alumno, delgado, blanco, rubio, estaba distraído, murmurándole cosas a una atractiva alumna junto a él. El profesor le toma la mano izquierda, le voltea la palma hacia arriba, le coloca el libro en ella, luego se quita su anillo de plata que lleva en su mano izquierda y lo pone parado de canto sobre el libro.

“Camacho, en el menor tiempo posible, recorre el salón hasta el fondo y te vienes de regreso conmigo al frente.”

La clase se rie adivinando lo que a continuación va a ocurrir, el anillo va a rodar al piso en cuanto Camacho trote apresurado hacia el fondo del salón. Camacho se pone en marcha y, en efecto, el anillo rueda, por fortuna él lo atrapa en el aire y, sonriente regresa con el profesor y le entrega el libro y el anillo.

El profesor, juguetonamente, se lamenta en voz alta con su peculiar:

“Ay, ay, ay, ay.”

Y meneando la cabeza viendo al suelo señala a la guapa alumna a la que Camacho le está haciendo la corte.

“Frisia, ve tú, inténtalo.”

Ella se levanta sonriente de su pupitre. El profesor le coloca el libro, igualmente, pero ahora en su palma derecha hacia arriba, coloca de nuevo el anillo parado de canto en el centro y, también le repite a ella, que en el menor tiempo posible vaya al fondo del salón y regrese.

Y ahora, apenas al dar unos pasos veloces, el anillo en esta ocasión sí cae al suelo y rueda hasta chocar contra una pared. Una alumna lo recupera y se lo lleva al profesor.

“¡Ah! Pues simplemente no se puede profesor. Apenas uno camina y el anillo rueda. Uno tendría que ir muy despacio.”

Le comenta Ernst Schummer, el presidente de la clase, y el profesor, sacude violentamente su brazo derecho hacia él, pero se dirige a toda la clase.

“¡Yo no establecí un tiempo mínimo!, solamente dije que se hiciera el recorrido en el menor tiempo posible.”

“A ver, hágalo usted profesor.”

Schummer lo reta.

“¡Enseguida! ¡Ven Schummer! Colócame el libro con el anillo encima en la palma de la mano.”

Schummer se para y camina hacia el profesor, toma el libro y el anillo, que le son ofrecidos por el profesor. El profesor levanta su mano izquierda y Schummer le coloca el libro sobre la palma y el anillo lo para de canto en el centro del libro.

El profesor luego de esto, voltea a ver a Schummer, le sonríe, acuesta el anillo, y lo coloca bajo su pulgar izquierdo para sostenerlo, y a continuación sale caminando a paso veloz hacia el fondo del salón para luego regresar al frente.

Los alumnos protestan.

“¡Hizo trampa! ¡No se vale! ¿Por qué no equilibró el anillo?”

El profesor ejecuta una danza de la victoria y luego levanta sus brazos para silenciarlos.

“¡Hey! ¡hey! ¡hey! ¡silencio! Les acabó de dar una de las lecciones más importantes de sus vidas. Yo en ningún movento restringí el ejercicio a que, el anillo tuviera que estar pararo sobre su canto.

Si algo no está explícitamente prohibido ¿por qué no hacerlo? Y, no sigan ciegamente a las figuras de autoridad, sin cuestionarlas. ¿Qué tal si les están indicando hacer algo incorrecto o inmoral?

No entreguen alegremente sus cerebros a cualquiera.”

martes, 18 de julio de 2017

Arrebatado, parte 20

De uno en uno, o en parejas, empiezan a llegar los miembros de la célula de resistencia de Wat, a la bodega de calzado de obrero, para una reunión más.

Dani y Lumila llegaron antes que César, a quien al verlo llegar solo Dani le tiene que reclamar su 'grosería' de no haber traído a Oskar.

"Dani, ¡no te enojes! Hoy en la mañirana él salió muy temprano, me dijo que iba ir a la colonia Macadú a aplicar a un trabajo para técnico de instalación de redes y, cuando le pregunté si iba a venir a la junta me dijo que sí, que ya tenía el mapa para llegar, muy estudiado".

"¡Pero César! Un hombre como él, que es culto, ¡va a levantar sospechas! Cualquiera que lo vea caminando solo en esta zona industrial va a sospechar de él".

César frunce el ceño y se sienta junto a Lumila; Dani ya no tiene nada más que decir y solo se le queda viendo con angustia en su rostro.

César no ha intentado nada con Dani, aunque sí se siente atraído hacia ella, no únicamente por su exótica belleza negra, sino también por su inteligencia y personalidad.. Y es por eso que le perturba la más que obvia atracción de ella hacia el aburrido e insípido Oskar.

Karai se acerca a Dani y Lumila, llevando un tupperware cubierto por una servilleta de tela.

"¡DANI! ¡Hola!, ¡Lumila!" Y las saluda a ambas con beso en la mejilla; y descubriendo el tupperware les dice:

"Miren, traje galletitas que yo misma cociné".

Dani toma tres galletas y le pasa el tupperware a Lumila, quien toma una galleta con el mismo desagrado como si estuviera cogiendo una babosa, luego se lo pasa a su vez a César, toma varias galletas y dándole las gracias le regresa el tupperware a Karai.

"¡Están deliciosas Karai! ¿Puedo tomar más?"
"¡Desde luego Dani!"

César está absorto escuchando esto cuando siente una palmada amigable en la espalda, es Ibtin quien lo saluda rápidamente antes de dirigirse hacia el fondo de la bodega donde se encuentran Wat y Leert.

"¡Hola César! Me da gusto verte de nuevo, voy de prisa a comentarle algo importante a Wat".
"¡Igualmente Ibtin!

A varios metros de distancia César no puede discernir que discuten Wat, Leert e Ibtin, pero nota que Wat adopta un semblante muy serio al sacarse del saco que trae puesto un radio y darle instrucciones alguien.

César piensa que es algo muy inteligente, el usar radios. Los mensajes del implante óptico pueden ser fácilmente interceptados.

Wat ahora hace señas y grita para imponerse sobre el ruido blanco de gran cantidad de conversaciones.

"¡ESCÚCHENME! Tenemos que abandonar la bodega inmediatamente".

Todo es silencio ahora, ante la preocupación causada por este anuncio.

Cuando de repente se abre lentamente la puerta de entrada a la bodega, entrada abandonada por necesidad por Ibtin, al tener que irle a comunicar a Wat la información que le acababan de transmitir.

Es "Oskar Drummer" quien se asoma y amigablemente saluda.

"Hola amigos".

Todos fijan su mirada sobre él. De repente su rostro cambia cuando grita:

"¡SOBRE ELLOS!"

'Oskar Drummer' se cubre el rostro con una mascarilla de oxígeno e inmediatamente varias latas de gas lacrimógeno son disparadas al interior de la bodega. Estas golpean cabezas, pechos y espaldas de la ahora histérica multitud.

Aquellos que recibieron su golpe en la cabeza mueren instantáneamente.

Una veintena de tropas de asalto, en armadura de combate realizan el asalto a la bodega, divididos en varios grupos.

Un grupo de cinco son los que entraron por la puerta principal, lanzando los mortíferos botes de gas lacrimógeno, tras la orden de Magno Jagger.

Otro grupo se descuelga de los tragaluces, estos bajan en rapel descargando sus armas automáticas. La mayoría de los miembros de la resistencia de Wat caen abatidos bajo la lluvia de balas.

El resto de las tropas cubre el perímetro, para evitar que nadie se cuele por ventanas o salidas alternas.

César con horror ve como Wat cae muerto de un balazo en la frente; sus hombres, Leert, Ibtin, tratan de huir pero también caen. El humo lacrimógeno les confiere una belleza tétrica a los punteros láser, mismos que al posarse sobre espaldas, pechos o cabezas son como un beso de la muerte al que luego sigue un certero balazo.

Él escucha los gritos de terror de las mujeres y se arrastra hacia Dani, quien con su cuerpo cubre a Karai.

"¡Dani! ¡DANI! ¿ESTÁS BIEN?"

Pero al moverla por el hombro se da cuenta que ambas están muertas.

"¡NO!"

Su vista se nubla, más que por el gas lacrimógeno, por el dolor al ver el cuerpo sin vida de Dani.

Una brusca y pesada mano lo sujeta por un hombro y lo jala hacia la salida. Es la grandota Lumila que con gran tino vació una botella de agua en su pañoleta de trabajo y con ésta se cubre el rostro. Agarra una lata de gas lacrimógeno, aún humeante y la lanza a la salida. Y luego como corredor de fútbol americano carga hacia la salida, llevando a César detrás de ella.

A ella se le ocurre coger un par de sillas metálicas plegadas, por su enorme marco corporal esto le resulta fácil, y con ambas abanica y golpea a un par de soldados de asalto, quienes fueron sorprendidos, gracias a la pantalla del gas lacrimógeno.

Lumila y César corren por sus vidas y logran perderse en las calles de la zona industrial.

***

Una vez que todo ha terminado, Magno Jagger entra a la bodega, todavía sosteniendo la máscara de oxígeno contra su cara. Entra caminando con gran aplomo, exuda satisfacción. A gritos dirige y da órdenes a las tropas de asalto.

"¡Tú allá! ¡Voltea ese cuerpo! quiero verle el rostro".

Se acerca y con burla piensa:

"Bueno, éste ¡ya no tiene rostro!"

Uno por uno checa cerca de una veintena de cuerpos. Como quien ve a un insecto aplastado, así mira el cuerpo de Wat.

"¡Excelente! La célula terrorista y su líder ¡aniquilados!"

Pero la satisfacción de Magno Jagger se va agriando lentamente, al ir revisando cada uno de los cuerpos va concretándose en su mente la certeza de que falta el premio principal de su cacería.

"¡INÚTILES! ¡FALTA EL CUERPO DE CESAR LACROIX! Así como el de la gigantona que lo cuida. ¡MALDICIÓN!"

Se le aproximan los soldados que fueron superados por Lumila.

"Señor, el gas lacrimógeno nos bloqueó la vista y esa mujer nos sorprendió golpeándonos con un par de sillas..."

"¡MAÑANA USTEDES ESTARÁN VIGILANDO UN CENTRO COMERCIAL!"

Magno introduce comandos en su tatuaje interactivo y grita al canal de comunicación establecido.

"¡Quiero un helicóptero peinando el área industrial de inmediato!

¡Los objetivos Lumila Tusiva y César Lacroix andan huyendo!"

Se voltea para dirigirse al líder de las tropas de asalto, mismo que se le acercó para reportar el resultado del operativo.

"¡Capitán, limpie este tiradero! y. ¡Este par de inútiles transfieralos a la policía bancaria industrial!"

Y Magno Jagger, se retira, a continuación, muy enojado. ”

martes, 4 de julio de 2017

Arrebatado, parte 19

"El paciente va a estar bien señor Wat, le puse puntos en sus lesiones más serias de la cara y le di antiinflamatorios. Ahora solo un par de días de reposo y este se recuperará completamente".

"Correcto doctor, muy bien". Wat le agradece al médico, dueño de una clínica privada, sobre la avenida principal que atraviesa el distrito Casablanca.

Este doctor, el doctor Ilan Ramone, es parte del grupo de resistencia de Wat, y presta servicio y atención médica gratuita a su gente.

Wat se sienta sobre una silla junto a la cama donde duerme Magno Jagger, luego de que el doctor le diera pastillas para dormir.

Wat sostiene en sus manos el gafete de identificación de Magno Jagger, pero él obviamente desconoce su verdadera identidad.

El gafete está a nombre de "Oskar Drummer", técnico de iluminación en la cadena de noticias Adhler.

Wat vuelve a consultar en el internet la información que de este "Oskar Drummer" pudo encontrar. En específico su perfil en la red social laboral. Él puede ver que el mismo existe desde hace siete años; puede leer que Oskar Drummer desde que egresó de la Escuela Politécnica ha estado trabajando para la cadena Adhler.

"¿Cómo pudo un técnico de set haberse enterado de algo crítico referente al medio ambiente?" Se pregunta.

"¿Habrá escuchado una conversación entre periodistas?".

Wat se pone de pie y abandona la habitación. Vía tatuaje interactivo le envía un mensaje al doctor Ramone:

"Gracias doctor Ramone, ya me retiro. Avíseme cuando de de alta al paciente, para mandar por él. Así como el monto de sus honorarios, para hacerle la transferencia".

***

Para molestia de César, Dani le consiguió a Oskar Drummer un 'lujoso' cuarto de azotea que recién se desocupó en el edificio Marca donde ellos viven.

"¡Dani! En cuanto la señora Albia te informó de ese cuarto ¡me lo hubieras comunicado! El cuarto de servicio que ocupo ni siquiera tiene baño propio..."

"Ya César, no te exaltes, además, te puedes cambiar a vivir con Oskar, como roomies, y compartir gastos".

"Por cierto, ¿por qué tan obsequiosa con él? ¡hasta lo llevaste al consultorio del doctor Medio para que le alterara su identidad digital".

"¿Estás celoso César?"

A esta pregunta juguetona de Dani, Lumila se asoma desde el interior del cuarto de azotea de ambas y, se los queda viendo fijamente.

En eso, por coincidencia llega Oskar y Dani de inmediato corre hacia él y se le pega del brazo, muy sonriente.

"Oskar, le comentaba a César sobre la posibilidad de que él y tú puedan ser roomies en tu “lujoso” departamento..."

"Pero, ¡desde luego Dani! para mi sería todo un placer compartir mi cuarto con César; ahora más que tú me contaste de las vicisitudes por ustedes experimentadas al recibir ese correo electrónico".

La sonrisa de Magno Jagger es grande y radiante, sus ojos están iluminados como soles. Su éxito es absoluto: no solo ha infiltrado exitosamente uno de los grupos de resistencia más importantes del continente Norte sino que ha hecho amistad con sus presas. Y ahora hasta la habitación va a compartir con uno de ellos.

Soltándose a Dani de su brazo se disculpa:

"Perdón Dani tengo cosas que hacer. César, si gustas, hoy en la tarde te puedo ayudar con tus cosas, para que te mudes aquí".

Dani, con un rostro radiante, le menciona cuando él ya está de espaldas entrando a su cuarto de azotea:

"¡No olvides la reunión del grupo, el lunes en la tarde!"

"No Dani, la tengo presente, muuy presente..."

Magno cierra la puerta de su cuarto y luego se asoma furtivamente por la ventana, apenas abriendo las persianas. Ve a Dani, quien ahora muy feliz se lleva a César, tomándose de su brazo.

Se retira de la ventana y se deja caer sobre la única silla en su cuarto, con carcajadas golpea la superficie de la pequeña mesa que le sirve como comedor y escritorio. Se ordena a si mismo calmarse y procede a establecer un canal de comunicación usando su implante óptico.

Él es atendido por el chat automático, que despliega el mensaje:

"Administración gubernamental, sección Ciudad Capital".

Y con su voz, la seria, la verdadera, se identifica:

Jagger., Magno. Funcionario gobierno espacial, código comando: Armadura, Cañón, Fusión, 27, Helio, 4, Flecha. Atención prioridad Aleph".

Tras una pausa, es atendido por el almirante Pietra, jefe de inteligencia de la administración planetaria espacial.

Un hombre fornido, canoso, de unos sesenta años de edad y con un rostro tan amable que nadie que no lo conozca sospecharía que es el mismísimo jefe del temido órgano de la inteligencia espacial en el mundo.

Su imagen, Magno Jagger, la ve desplegada en su implante óptico.

"¡Magno Jagger!" Y una carcajada, "¡hermano! “En cuanto se activó la alerta de tu contacto con el departamento, pues, me tenía que poner en contacto contigo.”

Con una familiaridad, que ningún funcionario, ni agente de rango intermedio, como Magno, se atrevería a usar con el jefe del departamento espacial de inteligencia, Magno Jagger se dirige a él.

“Pietra, requiero un apoyo para una “fumigación” este lunes en la tarde, en la dirección que en este momento estoy enviando.

De un solo golpe vamos, no solo a aplastar a las moscas que recibieron el correo enviado por ese inepto capitán de carguero, sino que también a uno de los principales grupos de resistencia del continente Norte.”