viernes, 25 de noviembre de 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

Arrebatado, parte 8

Al día siguiente, temprano por la mañana, una ambulancia lleva de regreso a César al precinto distrital.

La tarde previa Leed se le presentó para anunciarle que el doctor Kevinjay había procedido a ordenar su liberación del ala psiquiátrica, al no considerarlo un riesgo para la sociedad.

Y Leed le recomendó que se levantara temprano para que pudiera asearse, así como desayunar. Antes de marcharse, el joven doctor Leed le entregó un paquete con su pants y zapatos tenis que llevaba, aquel lejano día, cuando fue arrestado en la oficina de comercio.

A César le causó una agradable sensación de toque humano, el recibir su ropa, y zapatos, recién lavados y planchado el pants.

Y sin mayor ceremonia, más que Leed entregandoselos al trío de camilleros de la ambulancia, terminó la estancia de César en el hospital.

Por fortuna en esta ocasión, César solo tuvo que seguir al trío de platicadores camilleros, que no dejaron de bromear y empujarse entre ellos, hasta llegar al patio de ambulancias, saliendo a pie a través de la sala de urgencias, donde en las sillas de espera, un par de docenas de personas angustiadas esperaban noticias de sus seres queridos.

Le abren una puerta lateral y César aborda la ambulancia, no sin sentir bastante asco. Solo Dios sabe que emergencias médicas no ha visto esta ambulancia y cuantos fluidos corporales no han sido derramados donde, ahora, él va sentado.

Los camilleros, en algún dispositivo no autorizado para vehículos de emergencia, ponen a todo volumen música bastante rítmica, él hasta diría que tropical y, activando los tonos de sirena logran que se les abra la puerta, así como que se quiten de su camino personas, o los raros automóviles pertenecientes a gente de las clases burocrática y comercial.

¿Cómo saben a dónde llevarlo? Ni César mismo sabe a dónde ir. ¿Aún lo recibiría su protectora Lumila si él se le apareciera ahora? Pero ¿cómo localizarla?

En minutos, llegan al estacionamiento del precinto distrital, un edificio que él conoce muy bien.

***

Y así, como si fuera un simple paquete entregado a domicilio, y sin ninguna ceremonia, los simpáticos camilleros lo dejaron a César en la acera del precinto distrital.

"¿Y ahora que hago? ¿Si me ve el tal licenciado Klinn me detendría de nuevo? "

César piensa, y en eso está cuando se le aproxima Julian, el guardia de seguridad, mismo que se dio cuenta de la llegada de la ambulancia al precinto y, de inmediato dedujo, al no estar agendada su llegada, que venían a traer a César de vuelta.

"¡Amigo Lacroix! ¿Cómo está? ¡Que gusto verlo!"

"Hola Julian. También tengo gusto en verte de regreso".

Cada día el Estándar de César mejora más. Aunque será cuestión de tiempo para que logre dominar las palabras correctas según su contexto.

"Dígame Julian ¿Estoy otra vez detenido?"

"¡No! ¡no! ¡en absoluto! Déjeme enviarle un mensaje a su amiga Lumila, informándole que usted ya ha sido liberado del hospital".

Julian en su implante óptico piensa el mensaje, selecciona de sus contactos a Lumila y, le envía el mensaje.

"Amigo Lacroix, vamos a los separos, a mi escritorio ahí en la antesala. Nunca hay detenidos y en ese lugar nadie lo molestará".

"No quiero encontrarme con el licenciado Klinn".

"Él nunca baja a los separos, amigo. Y asuntos migratorios lo envió al hospital para deshacerse de usted.

¡Venga! ¡vamos! No se preocupe amigo, la burocracia ya se ha olvidado de usted."

***

Lumila recibe con mucha emoción el mensaje enviado por Julian, y el resto de su jornada laboral la trabaja con mucha alegría. Aunque, al darse cuenta que dos de sus subordinadas la veían fijamente, ella les gritó:

"¿QUÉ VEN? ¡Vamos! ¡No se distraigan se sus labores!"

Ella piensa que donde alguna obrera se atreva a preguntarle si acaso está enamorada, en el acto la suspende de sus labores.

Y, que tontería, ella solo se alegra por la liberación de su extraño amigo, ¿amigo? Ella bien sabe que esa etiqueta no se debe dar a la ligera a cualquier persona.

En cuanto ella tuvo tiempo, le contesta a Julian, un mensaje de agradecimiento y, le avisa, que alrededor de las siete de la tarde va a presentarse, allá por el precinto, para recoger a César.

***

César se ha pasado el día sentado detrás del escritorio de Julian. A veces se entretiene mirando a los monitores de seguridad, y otras veces navegando la red en la tableta de Julian.

A la hora de la comida, se apareció Julian con dos charolas como las que él le llevaba cuando estuvo detenido.

Estaban comiendo cuando César casi fue descubierto por el licenciado Klinn quien gritando desde la puerta de acceso a las escaleras que descienden a las celdas le gritó a Julian, buscándolo, para que le hiciera un encargo de la oficina.

Julian le contestó de vuelta, que no se molestara en bajar, que él de inmediato corría a atender su asunto.

"No se apure amigo Lacroix, nadie baja a los separos, les da flojera las escaleras".

"Deseo siga lo mismo así".

El Estándar de César ya es conversacional pero, se escucha bastante raro, con palabras no adecuadas.

"Ya faltan menos horas, para que su amiga pueda venir por usted."

César se queda pensando en Lumila, esa amable pero reservada grandota. Si ella lo lleva de regreso a su casa, como el comentario de Julian parece indicar, él no se puede permitir, ni desea seguir siendo mantenido por ella. Le va a pedir que lo ayude a conseguir empleo en la planta de algas donde ella labora.

Con su inteligencia y profundo conocimiento de la ciencia de la informática, y de sistemas, fácilmente puede desempeñarse en un puesto técnico en la planta. Además su manejo del Estándar cada día mejora.

César, en su mente, se ve transportado a la época cuando él era un joven egresado de la carrera de Sistemas, y que llegó a Pemex con su currículum vitae a entregarlo en varias gerencias, esperando que alguien se viera impresionado por sus calificaciones y quisiera contratarlo.

Que contraste, ahora él es un muy experimentado ingeniero en Sistemas pero, náufrago en un extraño planeta, planeando volver a empezar, desde abajo.

***

César pasa el resto de la tarde caminando a lo largo del pasillo de las celdas, navegando la red y a veces rebotando una bola de papel contra la pared. Al no penetrar aquí abajo la luz solar el experimentó esa extraña sensación del atiempo: inexistencia del tiempo.

Y Julian ya no pudo regresar debido a sus obligaciones. Finalmente él escuchó la puerta de acceso a las escaleras, para bajar aquí, abrirse. César se tensa, no puede preguntar quién es, porque se supone que aquí no hay nadie.

"¡Donde sea el licenciado Klinn! me va a encontrar ya dentro en las celdas, ¡eso le va a ser muy conveniente!"

Pero, para su alivio, escucha la amable voz de Julian.

"¿Amigo Lacroix? ¿está bien?"

"Sí Julian, ¿qué sucede?"

"Le tengo una sorpresa".

Se escuchan los pasos de dos personas que descienden las escaleras, conforme éstas son reveladas al bajar al área de las celdas, César se da cuenta que se tratan de Julian seguido por Lumila.

"¡Lumila! ¡Que gusto verte!"

César corre a abrazarla, pero Lumila, muy recatada, solo recibe su abrazo firme, mientras con una mirada severa mira de reojo a Julian, como diciéndole "¡No te atrevas a comentar nada!"

César se separa de ella, sintiendo su frialdad, misma que atribuye a las diferencias culturales entre ellos, y a que, los mexicanos son muy cálidos al manifestar sus emociones.

"Bueno amigos, ya pueden irse a su casa."

Luego de decir esto, Julian, siente la mirada recriminadora de Lumila, pero agrega, a pesar de esto:

"Amigo Lacroix, que bueno que su periplo llegó a feliz término.

***